La virtud del amor (Segunda parte)


Jorge Rocha Trujillo
Amor Philia
Philia (Del Griego: φιλíα) Phil- (Philo-) Es un antiguo término griego para referirse al amor fraterno, incluyendo amistad y afecto. Se usa en contraste con otro término griego. Philia ha sido definida también como la intención de promover el bien común cuando se trabaja en cooperación con otros. Si el deseo es carencia ¿Realmente sólo sabemos desear lo que no existe? ¿Cómo podríamos amar lo que existe?
Escribió Sartre “el hombre es fundamentalmente deseo de ser”. Desear lo que se hace, lo que se tiene, se llama querer, se llama actuar, se llama gozar. Hay acción, hay placer, hay alegría cada vez que deseamos lo que hacemos, lo que tenemos, lo que somos o lo que es. Si sólo deseáramos lo que no tenemos, lo que no es, aquello de lo que carecemos, nuestra vida sexual sería menos placentera y más complicada. ¿Qué puede faltarle a un hombre y una mujer que se aman y se desean cuando hacen el amor? No le hace falta la pareja por que en ese momento la tiene, no le hace falta el orgasmo, que es en sí la descarga de una tensión, por cierto dichosa, afirmativa, vital; que lleva a una experiencia de potencia y plenitud, pero no de carencia. La experiencia del orgasmo total manifiesta vida, presencia y una sensación de conexión con el cosmos. Goza la pareja de sí misma, el uno del otro, el uno gracias al otro.
Hay amor que se padece, y es pasión; y hay amor que se hace o que se da, y es acción. El amor del padre desde que desea tener un hijo, aún sin tenerlo, pero que se presenta la pasión por engendrar: el Éros paternal. Cuando el hijo llega, ya no le falta y no deja de amarlo; bueno, al menos eso es lo común. La mayoría de los padres aprendemos a amar a nuestros hijos, tal cual son, tal como viven, tal como crecen, tal como cambian, etc. Uno como padre desea que los hijos cumplan nuestras esperanzas, nuestras expectativas, cosa que a nuestros hijos les interesa un comino. Y es cuando empezamos a sumergirnos en el miedo y el temblor de la pasión: nos domina Eros y no nos suelta. ¿Por qué no hacen los hijos lo que uno espera? Resolver este asunto es lo que pone de por medio las buenas relaciones con los hijos. Es el amor apasionado del padre por su hijo, con sus esperanzas y temores, que lo encierra y lo conduce también a la angustia, a lo imaginario, a la nada. Pero se puede cambiar al amor philia en el que el padre ama al hijo tal cual es, tal como está presente, actual, al niño vivo, contra quien la muerte nada puede, ni la angustia, ni la nada. Aquí el padre sabe acompañar sencillamente, y que le calma, le tranquiliza.
Con los amigos, hablando de la amistad, no hay carencia, ni angustia, ni envidia; no hay sufrimiento. Se ama a los amigos tal como son y cuando no faltan. Dijo Aristóteles en La Ética a Nicómaco: “Sin la amistad, la vida sería un error”. La amistad es condición de la felicidad, refugio contra la desdicha; consiste más en amar que en ser amado; vale más que la justicia a la que incluye. No es carencia ni fusión, es comunidad, reparto, fidelidad. Los amigos se deleitan el uno en el otro y en su amistad. No se puede ser amigo de todos ni de muchos. La amistad más alta no es pasión sino virtud. Si el amor de la amistad no es carencia, ni Éros, ¿qué es entonces?
Siguiendo a Spinoza, el amor es deseo como esencia misma del hombre. Pero el deseo no es carencia: el deseo es potencia, el amor es alegría. Todo deseo, para Spinoza, es potencia para actuar, para gozar y gozo en potencia, ¿qué placer, qué vida habría si así no fuera?, ¿quién no ha tenido momentos de disgusto, de depresión, de impotencia? ¿Qué podemos decir que nos faltaba? ¡Nos faltaba el deseo, el gusto, la fuerza para gozar o amar!
Así como hay deseos diferentes para objetos diferentes, hay amores diferentes para objetos diferentes. Se puede amar el vino y la música, una mujer o el país, los hijos o el trabajo, Dios o el poder. El amor por el dinero, por la buena comida; el amor que se tiene a los padres o los amigos o así mismo; el amor por una obra de arte, el amor que se hace, el amor que se da, el amor a la verdad o a la justicia, el amor al deporte. Todos ellos tienen un factor en común: el placer según Stendhal, la alegría según Spinoza.
Stendhal escribe: “Amar es sentir placer de ver, tocar, sentir con todos los sentidos y tan cerca como sea posible a un objeto amable y que nos ama”. Spinoza dice: “El amor es una dicha que acompaña a la idea de una causa externa”. André Comte-Sponville propone una más simple y mas vasta: “Amar es poder gozar o regocijarse de algo”. El placer sólo es un amor en el sentido más intenso del término, si deleita el alma.
El factor común en todos esos amores es la alegría en mí, una potencia de gozar o deleitarme (de gozar y regocijarme) de algo que puede faltar a veces (una mujer, amigos, hijos…), pero cuyo faltar no es su esencia ni contenido, ni siquiera su condición. Se dirá que todo esto no es erótico, pero los amantes saben cuan sensual, voluptuoso e intenso puede ser hacer el amor en la alegría y no en la carencia, en la acción y no en la pasión.
Amar es deleitarse de. Si deleita el alma, es un placer intenso, que es el caso en las relaciones interpersonales. La carne está triste cuando no hay amor o cuando sólo se ama la carne. El amor es ese gozo que se agrega al placer, que lo ilumina, lo refleja en el espejo del alma, lo anuncia, lo acompaña. Si alguien te dice, “estoy alegre por la idea de que existes”, “me alegro mucho cuando pienso que existes”, o también, “hay una alegría en mi, y su causa es la idea de que existes…”, o el garcíamarqueciano “me siento mejor ser humano cuando estoy contigo”. Estas pueden ser una declaración de amor que no te pide nada.
Cuando te dicen “te amo” parece que no pide nada; depende del tipo de amor de que se trate. Si es carencia, decir “te amo” es pedir, y no sólo que el otro te responda “yo también”: es pedir el ser del otro, porque lo amas y te hace falta y porque toda carencia, quiere poseer. Para la persona que amas, tu amor se torna carga, angustia, prisión… Deleitarse, por el contrario, es no pedir nada. Es celebrar una presencia, una existencia, una gracia… ¡Qué soltura para ti y para el otro! ¡Qué libertad! ¡Qué dicha! No es pedir, es agradecer; no es poseer, es deleitarse y gozar. No es carencia, es gratitud.
No hay felicidad sin amor. Toda alegría tiene una causa, toda alegría es por lo tanto amante, sólo hay amor de alegría, no hay más alegría que la de amar. ¿Cómo podemos llamar a lo que tiene todo lo que desea porque sólo desea lo que es, de lo cual se deleita y goza? Es amor. Amar un ser es desear que sea cuando es, es gozar de su existencia, de su presencia, del placer y la alegría que ofrece.
Ya vimos en la primera parte que la palabra amor vale también para la carencia y la pasión (para éros) y ello genera confusiones. Para evitarlo se utiliza el verbo philein (amar, cualquiera que sea el objeto de este amor) y el sustantivo philia en las relaciones interpersonales, es el amor (philia) entre marido y mujer, especialmente cuando “ambos cifran su alegría en la virtud del otro”;es el amor paterno, fraterno o filial, pero también el amor de los amantes, que éros no podría contener ni agotar; finalmente, es la amistad perfecta, la de los hombres virtuosos, aquellos que “desean el bien a sus amigos por amor a estos últimos”, lo cual les convierte en amigos por excelencia. Philia es el amor que en diferentes modalidades se genera entre humanos cuando no se reduce a la carencia o a la pasión (amor éros).
Sucede que los sentimientos pueden mezclarse, sobre todo cuando se inicia una relación. Uno puede regocijarse (philia) de eso mismo que nos falta (Éros), desear poseer (Éros) aquello cuya existencia es ya una dicha (philia). Estar enamorado es, casi siempre, carecer, desear poseer, sufrir de no ser amado, temer no serlo más, cifrar la felicidad en el amor del otro, la presencia del otro, la posesión del otro. ¡Y cuánta felicidad hay efectivamente en ser amado, en la posesión y el goce de aquello que nos falta! ¿Cómo puede un amor durar? ¿Cómo podríamos echar de menos lo que tenemos? ¿Cómo podría uno carecer mucho tiempo de lo que se posee, amar apasionadamente a aquélla cuya vida cotidiana se ha compartido por años? , ¿Cómo podríamos continuar idolatrando a aquel o aquella que conocemos tan bien?, ¿Cómo seguir enamorado de nuestro cónyuge? En las parejas que no tienen éxito, conforme pasan los años, es común que el marido piensa cada vez más en el sexo y en el trabajo, y cada vez menos en el amor o en su mujer, excepto por las preocupaciones que le ocasiona, sus estados de ánimo, sus reproches, sus malos humores. El quiere la paz y el placer; ella, la felicidad y la pasión. Y cada uno de ellos reprocha el no ser, el ya no ser lo que él había esperado, deseado, amado; cada uno de ellos se lamenta de que el otro no sea, desgraciadamente, más que lo que es. No podría ser de otra manera, la pasión sólo es un sueño del que se debe despertar. Y puede decir él o ella que la amaba porque no la conocía, y que ya no la ama, puesto que la conoce, como decía Gainsbourg: “Se ama a una mujer por lo que no es y se le deja por lo que es”. Esto, que suele ser verdad, vale también para los hombres. Casi siempre hay más verdad en el desamor que en el amor. Qué extraño amor que sólo ama lo que ignora.
En las parejas que tienen más o menos éxito, las que parecen ser felices y amarse todavía, y de amarse para siempre. ¿La pasión permanece intacta? ¿Se quieren hoy más que ayer y hoy menos que mañana? Es posible, ¿por qué no? Aprender que son dos en uno, que se complementan, que se comunican. Tienen que darse transformaciones para lograr seguir deseándose, y si viven juntos desde hace años, no hay duda de que su amor es potencia más que carencia, placer más que pasión; por lo demás, han sabido transformar la gran locura amorosa de sus comienzos en alegría, en dulzura, en gratitud, en lucidez, en confianza, en felicidad de estar juntos, en resumen, en philia. La ternura es una dimensión de su amor, pero no la única. Existe también la complicidad, la fidelidad, el sentido del humor, la intimidad de los cuerpos y de las almas, el placer explorado y reexplorado.
Hay la consonancia en el silencio, en la forma de escuchar, existe la fuerza de ser dos, esa apertura de ser dos, esa fragilidad de ser dos… Hace mucho tiempo que renunciaron a ser sólo uno, si es que alguna vez creyeron en eso. Aman demasiado su dúo, con sus armónicos, sus contrapuntos, sus disonancias a veces, como para querer transformarlo en un monólogo imposible. Han pasado del amor loco al amor sabio. ¿Hay algo más difícil de amar que la realidad? ¿Hay algo más fácil que querer poseer? ¿Existe algo más difícil que saber aceptar? ¿Existe algo más fácil que la pasión? ¿Existe algo más difícil que la pareja? Estar enamorado está al alcance de cualquiera. Amar, no.
La verdad es que no hay que elegir entre pasión y amistad, puesto que se pueden vivir las dos, la experiencia lo demuestra, puesto que la pasión no obliga a olvidar a los amigos, y puesto que no tiene otro futuro que en la muerte, en el sufrimiento, en el olvido, en el rencor… o en la amistad. La pasión no dura, no puede durar. Es necesario que el amor muera o cambie. Querer ser fiel a la pasión a cualquier precio, es ser infiel al amor y al futuro: es ser infiel a la vida, que no podría reducirse a los meses de pasión feliz o a los meses de pasión desgraciada, decía Denis de Rougemont: “Estar enamorado es un estado; amar, un acto”.
Nuestro idioma no nos facilita las cosas. ¿Cómo se designa en una pareja no casada, cuando se habla a otro, a aquel o aquella con el que se comparte la vida? ¿Mi compañero, mi compañera? Resulta un poco anticuado. ¿Mi concubino, mi concubina? Eso sólo se emplea para referirse al estado civil o a la hora de pagar impuestos o a la hora de inscribirla en el Seguro Social. ¿Mi amante? Eso supone normalmente otra pareja, que se transgrede. Dentro de la pareja basta con llamarse por el nombre, o bien se dice “mi amor”, como todo el mundo. El amigo, o la amiga, es aquel o aquella a quien se ama; y si se habla de ella en singular, como de un absoluto, es aquel o aquella con quien se comparte la vida o, por lo menos, con el que se hace el amor, de manera regular. ¿Cómo no se va a mezclar la amistad con el deseo a lo largo de los años?
Se sustituye poco a poco la pasión devoradora, aunque el leguaje lo hace menos manifiesto ese amor, se habla del otro diciendo “mi mujer”, “mi marido”, en lugar de “mi amigo(a)”. Aquellos que no han hecho nunca el amor con su mejor amigo(a) ignoran algo esencial del amor y de los placeres del amor, de la pareja y de la sensualidad de la pareja. El mejor amigo, la mejor amiga, es aquel o aquella a quien más se ama, pero sin echarle de menos, sin sufrir, sin padecer. Es aquel o aquella que se ha elegido, aquel o aquella que mejor se conoce, que mejor nos conoce, con quien se puede contar, con quien se comparten recuerdos y proyectos, esperanzas y temores, felicidades y desgracias. Es el caso de las parejas cuando duran un cierto tiempo o al menos cuando se hallan unidas no sólo por el interés o la comodidad, sino porque su amor es verdadero y fuerte.
Vale más un amor verdadero que mucho amor soñado. Más vale una pareja verdadera que una pasión soñada. Más vale un poco de felicidad real que una ilusión feliz. ¡Cuántas virtudes se necesitan para hacer una pareja! Pero son virtudes felices, o pueden serlo. Sin contar con que el cuerpo encuentra también ahí su parte de placeres, de audacias, de descubrimientos, que sólo son posibles, para muchos, en la pareja. Además están los hijos.
La familia, casi siempre, con los hijos, es el futuro de la pareja. La gracia de amar y la gracia de ser amado, tiene como punto de origen a la familia, a pesar de sus fracasos, de su mayor o menor éxito. El hijo que la pareja salva y al que, oh paradoja, salva perdiéndolo. No se engendran hijos para poseerlos, para conservarlos: se hacen para que partan, para que nos dejen, para que amen en otra parte y de otra manera, para que engendren hijos que les abandonarán a su vez, para que todo muera, para que todo viva, para que todo continue…
Referencias:
Diálogos. El Banquete, Fedro. Platón.
De Aristóteles a Sigmund Freud.
Eros, Demonio Mediador. Giovanni Reale
Pequeño Tratado de las Grandes Virtudes. André Compte-Sponville
Diccionario de Filosofía. André Compte-Sponville
