Infancia y juventud de Juárez (Primera parte)

126. Taller de la Gráfica Popular, Benito pastor, grabado. Imagen tomada del libro: El México de Benito Juárez. Edición Ilustrada con grabados del Taller de la Gráfica Popular. México, Editorial STYLO, 1957. p. 1

Miguel Ángel Martínez Ruiz
El Doctor en Historia Raúl Arreola Cortés, en un libro intitulado: Infancia y juventud de Juárez, hace una serie de consideraciones sobre los diferentes historiadores y, en general, escritores que se han ocupado de la vida y la obra de don Benito Juárez.
Sus opiniones son dignas de tomarse en cuenta, no sólo por venir de un historiador muy acucioso, sino por la gran cantidad de imprecisiones en que han incurrido los biógrafos del Benemérito de las Américas.
El doctor Arreola Cortés, en la introducción “¡Rescatemos a Juárez!”, dice: “Juárez no ha tenido biógrafos sino novelistas, libretistas de telecomedias, propagandistas de productos comerciales y demagogos que utilizan su figura para escalar puestos y obtener beneficios, en suma: enemigos disfrazados que, a fuerza de martillar falsedades, han creado una imagen distorsionada que causa enfado al pueblo.”
“Proclamo la diafanidad de Juárez y me pronuncio por su rescate histórico. Hay que volverlo a sus cauces, quitarle el bronce que lo paraliza, humanizarlo en suma; ver en él al hombre de carne y hueso, capaz de experimentar las pasiones más complejas y los cataclismos interiores a que conducen la duda, el desfallecimiento y la desesperanza, como cualquiera de sus contemporáneos, como cualquiera de nosotros”.
“La infancia y la juventud de Juárez han sido presentados hasta ahora como un desfile de sucesos premonitorios, según los cuales don Benito fue héroe desde niño, lo cual no pasa de ser una superchería. Él fue, seguramente, un niño y un joven como todos, sin ningún signo mágico que lo distinguiera de los demás. Y, sin embargo, ¡cuántas páginas se han escrito para bordar fantasías en torno a ese periodo de su vida! Aquí analizo algunos episodios, a los que conviene contraponer el sano razonamiento o las informaciones que el propio Juárez dejó escritas en los Apuntes que escribió para sus hijos. Este documento, a pesar de haberse publicado desde hace tiempo, sigue ignorado por quienes han escrito acerca de la vida de este hombre:”
Con base en una bibliografía constituida por once biografías de Juárez, una autobiografía, un libro de documentos, discursos y correspondencia, un epistolario, dos libros sobre Antonio López de Santa Anna, uno de la Historia de Oaxaca y uno sobre la historia de las revoluciones en México, el doctor Arreola hace un análisis cuidadoso de sus contenidos y, siguiendo siete temas fundamentales de la vida del patricio, formula opiniones que nos hacen reflexionar acerca de la veracidad de estos hechos, narrados por algunos de los principales autores, de cuya “historia” nos hemos nutrido, ya sea directamente en sus escritos o a través de los relatos de nuestros maestros o de los discursos tan efusivos cuando de elogiar al héroe de Guelatao se trata.
El primer tramo del trabajo del historiador Arreola alude a “La laguna encantada”: “En las biografías de Juárez se menciona, casi invariablemente, un episodio de su niñez en Guelatao, que ha servido para numerosas y variadas representaciones plásticas. Los historiadores y los artistas han dejado volar su imaginación para construir el cuadro en que aparece el niño zapoteca con una flautita de carrizo en un promontorio flotante en medio de la laguna, atemorizado porque ha pasado la noche en aquel islote y las ovejas que tenía a su cuidado han vagado, cometiendo destrozos en las siembras, y se le espera al pastor un castigo cruel de manos de su tío, a cuyo amparo vive.”
Y señalando autores, libros y páginas, llega, entre otras, a las siguientes conclusiones:
a) ¿En dónde se ha visto un islote flotando en el agua, desprendido de la tierra firme a impulsos de un viento fuerte? Esto es materialmente imposible. Una muralla tejida de carrizos, ¿puede servir de velamen para impulsar un trozo de tierra e internarlo hasta media laguna? Suponiendo que sólo fuera “un lecho de matorral” el que hubiera flotado, ¿bastaría para sostener el peso de un niño de doce años?
b) Aun si se aceptara este hecho sobrenatural, quedaría la duda si el niño no se daría cuenta de que había sobre él una tempestad y que lo azotaba un viento huracanado. Si, como dice Sierra, “su primer maestro fue la naturaleza”, se supone que Juárez fue un mal discípulo porque no procedió como los demás niños campesinos que no son insensibles al viento y la lluvia y que presienten los elementos para ponerse a salvo, ellos y sus animales.
c) Otros detalles sobre este supuesto episodio de la niñez de Juárez. Se dice que llevaba perros para que lo ayudaran a cuidar el rebaño; Foix habla del “apego de sus perros” y también los menciona Pérez M., estos animales se acostumbran a llevara al corral a las ovejas, y aun solos, sin la presencia del pastor, las hubiesen acercado al corral. Además, entre los testimonios que se dice que el tío Bernardino era pobre y “sus intereses se reducían a un pequeño rebaño de ovejas y un solarcito junto a la laguna”, ¿En ese solarcito estaba su casa y el corral de sus animales? ¿Cómo se comprende, entonces, que no viera ni oyera al niño, pues bastaría un grito suyo para acudir a rescatarlo? A media noche, al ver Bernardino que Benito no acudía al jacal, quiso ir en su busca para saber qué le había sucedido, pues su tardanza era insólita”. Pero no salió. Bastaba con que se hubiese asomado a la puerta y habría visto a su sobrino en medio de la “laguna”, con su flauta como amuleto.
En la segunda parte, relativa a “La Escuela de Guelatao”, el investigador Arreola indica: “Predestinado como estaba Juárez a ser héroe, desde niño tuvo rasgos geniales; no fue igual a los demás niños. Esto pretenden hacernos creer los libros que se ocupan de narrar su vida, aunque él mismo desmienta varios infundios de sus panegiristas. Veamos lo que dicen de su temprana inclinación al estudio.
“No sabía lo que era una escuela. El veía a otros muchachitos que todas las mañanas iban a una casa un poco más grande que las chozas de los vecinos, en donde se reunían con un señor, quien les explicaba cosas y escribía jeroglíficos en una pizarra; algunas veces se acercaba a aquella casa, que Benito bautizó con el nombre de “la casa de los niños” y con timidez miraba por una de las ventanas; así pudo ver a los niños colocados en mesitas con un libro abierto delante de sus cabecitas. Una de las cosas que más le gustaba a Benito, era cuando los niños al entrar y al salir de la escuela: puestos de pié y dirigidos por su maestro, cantaban un himno que Benito ya casi sabía de memoria…”
“El tío Bernardino, -sigue diciendo este autor– al enterarse de que el niño permanecía afuera de la Escuela, le dijo que era sólo para ricos, y que “para ser un buen pastor sobraban las letras…”
“Todos los días –dice otro biógrafo– antes de salir al campo con las corderas, concurría a la escuela particular, única que había en el pueblo, y en la que demostró desde luego gran dedicación”
A este respecto, el autor de este análisis argumenta con las propias frases que escribió el propio Juárez: “En una época en que tan poco o nada se cuidaba de la educación de la juventud, no había escuela…” Los niños y los jóvenes del distrito de Ixtlán iban a estudiar a la ciudad de Oaxaca; quienes tenían recursos pagaban la pensión que se les cobraba; los que no podían pagar, iban en calidad de sirvientes, a condición de que los enviaran a la escuela. Juárez continúa su descripción: “Este era el único medio de educación que se adoptaba generalmente no sólo en mi pueblo sino en todo el Distrito de Ixtlán, de manera que era cosa notable en aquella época, que la mayor parte de los sirvientes de las casas de la ciudad era de jóvenes de ambos sexos de aquel Distrito”.
“El tío Bernardino, a quien todos presentaban como un ogro dispuesto a comerse vivo al pobre pastorcito, era, según el irrebatible testimonio de Juárez, un buen hombre que no sólo acoge a su sobrino huérfano, sino que intenta enseñarle la lengua castellana; es el primer maestro del niño.” “En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano…(y) me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme…” ¿En dónde quedó la falsa imagen del hombre rudo que lo golpeaba por cualquier motivo?
“Las escuelas primarias de la ciudad capital del Estado eran muy deficientes. En los Apuntes de Juárez encontramos una descripción de ellas. Sólo había dos; a una es enviado por su patrón, el señor Antonio Salanueva, quien era un “amigo de la educación de la juventud”. Los estudios eran elementales. “En las escuelas de primeras letras de aquella época no se enseñaba la gramática castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el catecismo del Padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria”. Esto último dicho por Juárez.
Como consecuencia, el doctor Arreola hace la siguiente reflexión: “Si esa era la situación de la enseñanza en la capital del Estado, ¿cómo es posible que en Guelatao hubiera escuela, que el mismo Juárez niega, y que el plantel funcionara tan hermosamente como refieren esos biógrafos del Benemérito?”
En el tercer capítulo, que el historiador Arreola titula “El Orador”, alude al episodio en el que el niño Juárez aparece dirigiendo discursos a sus ovejas, “el cual se ha prestado para algunos chistes de doble sentido a costillas del Benemérito”.
“No bastaba con que aquel indiecito fuera un espejo de todas las virtudes: amante del estudio, serio, reservado, obediente, amante de lo bello, valiente, sereno, dueño de una voluntad poderosa, de gran energía de carácter y dominio de sí mismo. Todas estas cualidades (las hemos tomado del índice del libro de don Juan B. Delgado) ya las tenía Juárez y se daba el lujo de ejercitarlas desde sus más tiernos años ¡Pobre de él, porque sus biógrafos no lo dejaron ser niño!”
