De la inmortalidad del alma


Eduardo Murillo Gil
De este interesante diálogo que se da entre Cebes y Sócrates, el cual interroga diciendo: “¿Por qué los hombres se imaginan que cuando el alma ha abandonado el cuerpo, ella desaparece? Que el día mismo que el hombre muere, se marcha con el cuerpo o se desvanece como un vapor, o como un humo que se disipa en los aires y que no existe en ninguna parte. Pero que el alma vive después de la muerte del hombre, que obra, que piensa; he aquí puntos que quizá soliciten alguna explicación y pruebas sólidas.”
Dices verdad, Cebes, replica Sócrates, pero ¿Cómo le haremos? ¿Quieres que examinemos esos puntos en esta conferencia?
Tendré mucho placer, respondió Cebes, en oír lo que piensas sobre esta materia.
No creo, repuso Sócrates. Preguntémonos por lo pronto si las almas de los muertos están o no en el Hades. Según una opinión muy antigua, las almas, al abandonar este mundo, van al Hades, y desde allí vuelven al mundo y vuelven a la vida, después de haber pasado por la muerte. Si esto es cierto, y los hombres después de la muerte vuelven a la vida, se sigue de aquí, necesariamente, que las almas están en el Hades durante ese intervalo, porque no volverían al mundo si o existiesen, y sería una prueba suficiente de que existen si vemos claramente que los vivos no nacen sino de los muertos, porque si esto no fuese así, sería preciso buscar otras pruebas.
Por otro lado, la inmortalidad del alma suele fijar su atención en cuya capacidad sirve para llamarse así la contemplación de un objeto. Hecho con conciencia y libertad, sin esto, no sería posible la percepción. Los objetos impresionan nuestros sentidos, pero estas impresiones no llegarían jamás a ser conocimientos. La atención aumenta el número de nuestras vidas, y facilita que sean más claras y completas, haciendo al propio tiempo más agradable el estudio.
El alma puede fijarse en la contemplación de las cosas externas por medio de los sentidos, mirando, escuchando, oliendo, o sobre lo que pasa en su interior, llamándose entonces reflexión, o elevándose sobre las cosas terrenas, fijándose en el mundo espiritual e infinito, y esto se denomina contemplación.
De tal manera, nace la concepción intelectual, llámase así al hecho de adquirir o formar las ideas y la facultad que tiene este objeto. También esto se diferencia de la intuición en que no solo se refiere a los objetos que están delante de nosotros, sino a los ausentes y aun a lo que jamás se ha visto, aplicándose con más propiedad a los intelectuales que a los materiales; y de la percepción contemplativa en que se es más completa.
Llevando esto al simbolismo, nos encontramos separados del más allá por un velo impenetrable, pero como nada puede perderse ni destruirse, toda actividad prosigue otro modo de aplicación, donde por medio de la fe, nace la Inmortalidad del alma, también por el sentimiento en el trato con unos y otros; experiencia magistral excelsa, resultado del amor entre los hombres para inmortalizarse el mismo, creciendo así del micro al macro, imagen y semejanza del creador.
La creencia en la Inmortalidad del alma ha sido considerada siempre como uno de los dogmas más fundamentales de la humanidad. Los filósofos antiguos no concebían en qué podría transformarse el alma, quinto elemento, según los indios y los egipcios, quienes la declararon inmortal.
Ahora bien, lo que subsiste después de la muerte es, sobre todo, el recuerdo. Dejar tras de si una memoria honrada, debe ser la ambición de todos, por humilde que sea el papel que nos toque, hay que desempeñarlo bien, pues el arte de bien vivir debe ser el supremo entre los demás, y este es el Gran Arte, o Arte Real. Quien ha vivido bien, o aportado algo a la humanidad se inmortaliza, sepamos vivir bien, en el sentido filosófico y moral de esta frase, la muerte no será para nosotros sino el medio de vivir más aun.
El espiritualismo, doctrina filosófica que admite la existencia del espíritu como realidad sustancial, implica la existencia del alma, incluso ciertos desarrollos de ese principio, sobreentendiendo una cierta independencia de los mismos, así en este segundo aspecto, el hombre podría ser en realidad un conjunto de personas, del latín Persona: “mascara, apariencia, de una espiritualidad cada vez más sutil.”
La Inmortalidad del Alma no ha sido demostrada, pero una vez admitida su existencia, resulta inevitable no retener una cierta perennidad póstuma. En el mismo orden de ideas, se impone la existencia de un creador, sin que el hombre pueda concluir sobre su inmanencia o su trascendencia. También es un hecho que después de la desaparición relativa de la persona en lo material, sólo deja un recuerdo digno de la veneración de sus allegados; además de su honrosa memoria en la mente de sus semejantes; en verdad ese debe ser siempre el anhelo de todo buen hombre por humilde que haya sido su actuación durante el periodo de su existencia.
El nombre verdadero dentro del simbolismo, es por excelencia el emblema de la Inmortalidad del Alma, cuya sublime doctrina se encuentra contenida dentro del cientifismo, la filosofía y la moral deben de ir de la mano en todo hombre de bien y ninguno que haya sido iniciado, debe temer las consecuencias del destino incierto, ni al futuro de otros mundos ignorados, ni mucho menos a los estragos que pueda causar la muerte.
La vida fortificada del hombre, por su fe en los grandes ideales, y sostenida por la esperanza de alcanzar sus anhelos, hasta llegar a obtener la inmortalidad de su alma. Queda claro que la Idea ya le es demostrada y conocida, equivalente a expresar que a nada teme en este mundo, porque ha triunfado sobre las vicisitudes de la vida, ha bajado al seno de la tierra, ha resurgido de entre la materia, y ha purificado y regenerado, en esas circunstancias se aprecia que se ha hecho acreedor a gozar de una vida eterna, para demostrar que la verdadera vida, nace de la muerte.
La fe nos enseña cualesquiera que sea la religión que se profese o practique. Ella nos motiva, nos inicia a creer, a amar y a respetar la presencia de un creador sin conocerlo. Ella nos indica y de hecho así ha sido, creer en la omnisciencia (conocimiento de muchas materias), omnipresencia (ubicuidad), omnipotencia (poder omnímodo, poder muy grande) del creador. Por ella también llegamos a creer en que somos imagen y semejanza del creador del universo. Por la Fe, entendemos y comprendemos y creemos en la Inmortalidad del alma, el principio vital de de los seres vivos.
La esencia divina o inteligencia cósmica que impregna al hombre, no existe más que un alma en el universo. El alma del creador, la viviente, la vital consciencia de él. Dentro de cada ser viviente hay un segmento no separado de esa alma universal. Esta es el alma del hombre, la cual nunca cesa de ser una parte del alma universal. El alma es la consciencia divina que acompaña a la fuerza vital de vida. Es una extensión del creador en el hombre. El hombre puede responder a ella, pero no puede controlarla o poseerla. Cada ser humano esta ligado por esta fuerza del alma universal a los demás mortales.
En síntesis, la personalidad es ser y el ser es una expresión del alma dentro del cuerpo del hombre. Es la manifestación de la respuesta de uno al segmento no separado del alma universal de que está hecho el hombre. La personalidad es la imagen y el alma el objeto. La personalidad, como imagen, es sólo una reflexión del alma. No es una imagen perfecta porque necesita reflejarse a si misma a través de elementos que la circundan del organismo humano y de la conciencia objetiva.
Los conceptos del creador, de la inmortalidad del alma, se manifiestan diversamente en cada uno de nosotros, debido al desarrollo ético, psíquico e intelectual del individuo. Así pues, el alma en el hombre es siempre perfecta y por consiguiente, no puede ser perfeccionada, porque si el alma pudiera ser perfeccionada, sería tanto como admitir su imperfección, ya que el alma emana de una fuente divina y es por lo tanto, la única esencia divina del hombre.
Bibliografías consultadas.
El Santuario del Ser. De Ralph M. Lewis
Diálogos de Platón.
