Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 4/6

 Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río  4/6

Miguel Ángel Martínez Ruiz

En una visita por el Estado de Jalisco, quiso Cárdenas dar un paseo a pie por Guadalajara, capital del Estado. Nadie sabía que el Presidente debía llegar aquel día a Guadalajara. Pronto corrió la voz de que el Presidente se hallaba en la ciudad. En el trayecto de la estación al Palacio del Gobierno, algunos obreros y campesinos se le acercaban para saludarlo. A los pocos minutos acompañaba al Presidente un gran gentío que le vitoreaba. Todos querían saludarle, estrechar su mano, tocarlo. Se abrieron los balcones y las ventanas, y los vecinos aplaudían o agitaban los pañuelos. Hubo un momento en que era difícil dar un paso, pues la multitud se apretujaba en torno al Presidente. Los teléfonos se pusieron en actividad y las autoridades locales se inquietaron. Un Mayor del Ejército, apresurado, sacó las tropas del cuartel y quiso formar una valla para abrir el paso al Jefe del Estado, teniendo que usar de cierta violencia para conseguirlo. Al advertirlo el Presidente, llamó al mayor y le preguntó:

¿Qué está usted haciendo?
Mi general, es para que no le estorben.
Retire a su gente, que aquí el que estorba es usted.

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Llegó Cárdenas a un pueblo del sur de México, en plena efervescencia electoral. Por allí había pasado los almazanistas, vomitando pestes contra Cárdenas y su candidato Manuel Ávila Camacho. Cárdenas dijo a los de la comitiva que era preciso dejar los coches en la entrada del pueblo y dar el recorrido a pie. Ventanas y puertas permanecieron cerradas y las calles estaban desiertas. Los acompañantes se intranquilizaron. Al llegar a una plazuela, que es el centro de la población, salieron a recibirle media docena de campesinos que lo acompañaron a las oficinas del Ayuntamiento. El Presidente inquirió cerca del alcalde sobre las más apremiantes necesidades del pueblo. Mientras se desarrollaba la conversación, por las rendijas o ventanas entreabiertas, los vecinos de la plaza trataban de comprender qué es lo que decía aquel hombre que, según les habían hecho creer, era la reencarnación del mismo diablo. Cárdenas sonreía, hablaba campechanamente con el alcalde y los pocos campesinos que se habían atrevido a salir a su encuentro. Dio instrucciones a uno de sus secretarios para que lo más rápidamente posible fueran atendidaslas peticiones del alcalde. Iba cediendo la resistencia hostil del vecindario pueblerino, engañado por las propagandas almazanistas, y la plazuela cobró animación. Los acompañantes se tranquilizaron. El Presidente ganó la partida, no con discursos: con hechos. Llegada la noche, el pueblo en masa, enterado de las disposiciones presidenciales en su beneficio, acudió bajo el balcón de la casucha en que el Presidente se hospedaba, y le obsequió con una serenata. Música, cantos y cohetes, aplausos y vítores al Presidente de la República.

Al día siguiente, los numerosos “¡Viva Almazán!”, mal pintados por las paredes del pueblo aparecieron tachados.

Nada, nada –comentaba uno de la comitiva-. Es preciso pasear a Cárdenas por toda la república.

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En 1913, cuando Lázaro Cárdenas luchaba contra Huerta en el Ejército Constitucionalista a las órdenes de Carranza, con el grado de capitán, Juan Sánchez Azcona, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores, en una visita que el entonces ministro hizo a los campos de batalla, conoció al capitán Cárdenas.

En 1935, cuando apenas hacía un año que Cárdenas ocupaba la Presidencia de la República, Sánchez Azcona, con sorpresa, recibió una tarjeta que le decía: “Le ruego que el día que pueda, se sirva pasar por mi oficina del Palacio Nacional. Le Saluda, Lázaro Cárdenas.”

Sánchez Azcona quedó perplejo. -¿Qué querrá el Presidente? –se preguntaba. La sorpresa de Sánchez Azcona era justificada, por cuanto no solamente nunca, desde 1913, habían cruzado una sola palabra con Cárdenas, sino que el ex ministro de Relaciones hacía ya tiempo que, siendo colaborador de El Universal, escribía severos artículos contra el Partido Nacional Revolucionario, que como sabe el lector era el partido oficial. -¿Qué demonios se le antojará al Presidente? ¿A qué se deberá su llamada? En fin, pronto lo veremos –se dijo Sánchez Azcona. Y a la mañana siguiente, con la natural impaciencia, se presentó en la Secretaría del Presidente, en el Palacio Nacional; y al ser anunciado, en el acto fue recibido por el general Cárdenas. Este se levantó y al tenderle cordial y sonriente la mano, le preguntó:

– ¿Se acuerda usted de mí, don Juan?

Al referir el visitante la entrevista a un amigo, le explicó:

¡Vaya pregunta! –pensé- ¿Quién no se acuerda, por bien o por mal, del Presidente de la República? Pero en seguida me di cuenta de la intención de Cárdenas.

Aludía a los tiempos pasados, a los días que le conocí en Sonora, siendo capitán. Y le contesté:

Señor Presidente, le conocí a usted, como capitán, en Hermosillo.
Y era usted ministro de Relaciones…

Ambos personajes se miraron como recordando aquellos tiempos de la mocedad y, a raja tabla, el Presidente dijo:

Conozco, don Juan, las condiciones económicas de usted. Y deseo que colabore con mi Gobierno en puesto de importancia.
Muy agradecido, señor Presidente; pero mi situación es por demás singular: todos los colaboradores de usted pertenecen al PNR y yo lo he atacado.
Esperaba esta respuesta. Pero hay empleos que no obligan a ser del PNR ¿Quiere usted ser Secretario de la Fundación Dondé?
Considerado el ofrecimiento como un acto de nobleza, Sánchez Azcona aceptó el cargo y fue uno de los más entusiastas cardenistas.

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En la ciudad de Morelia se estableció un chino, que era hombre de grandes cualidades y emprendedor. Tenía un aserradero y algunos camiones para el transporte de maderas. Su negocio era floreciente. Gozaba de gran simpatía entre los habitantes de la ciudad de Morelia, que cariñosamente le llamaban don Luis. Todo aquel que se acercaba a don Luis, al grado que para su campaña electoral el chino prestó al candidato a la Presidencia unos miles de pesos.

Don Luis, que hacía algunos años que no había estado en su tierra, emprendió un viaje a China. Estando en su patria recibió la penosa noticia del incendio de su establecimiento. Quedó arruinado. El general Cárdenas, al punto de tomar posesión de la Presidencia, envió un cable a su amigo notificándole el suceso. Don Luis regresó a México para ver si podía salvar algo de su otrora floreciente negocio. Ya en Morelia, vio que todo estaba perdido. No le quedó ni una astilla. Entonces fue a la capital y se dirigió al Palacio Nacional, con intención de ver a Cárdenas. Los secretarios le impidieron el acceso al despacho presidencial. Nadie hizo caso a los lamentos del chinito, desesperado, decidió aguardar la llegada o la salida del Presidente, en la misma puerta del Palacio. Tiempo perdido, pues además de que lossoldados que allí hacen guardia no se fiaban del porfiado chinito, se interponían entre él y el coche presidencial, cada vez que éste llegaba o salía. La fatiga venció a don Luis. Al fin, después de haber escrito una carta a Cárdenas sin recibir contestación, abandonó la ciudad de México. Don Luis estaba decepcionado de los hombres, quienes al ser personajes, olvidan los días de privaciones y los favores recibidos.

En 1938, Cárdenas pasó por la población de Tuxpan y con sus ayudantes entró en un café, propiedad de un chino. Al ocupar el Presidente su asiento, en un rincón del establecimiento, vio a un chino escuálido que a sorbos tomaba una taza de té. Cárdenas se fijó en él y presto se levantó ante la extrañeza del sueño y parroquianos. Se acercó el Presidente al chino y le dijo:

¡Cómo! ¿Acaso no es usted don Luis, de Morelia? ¿No es usted mi amigo don Luis?
Soy Luis, sí, señor. Pero no soy su amigo –contestó el chino sin levantase, lo que provocó gran sorpresa a los que aquello veían y oían.
¿Qué significa esto? –inquirió el Presidente asombrado, tanto por el miserable aspecto de su amigo como por su actitud descortés y casi agresiva.
Y entraron en explicaciones. Don Luis sonrió, se levantó y dio un fuerte abrazo al Presidente.

Desde entonces el general Cárdenas –nos contaba uno de sus secretarios-, a través de la ventanilla de su automóvil, mira siempre a las personas que esperan en la puerta del Palacio Nacional.

***

El día primero de diciembre de 1940, por la mañana, el general Cárdenas traspasó los poderes del Ejecutivo Federal a su sucesor, Manuel Ávila Camacho. Para las dos y media de la tarde, el ya ex Presidente de la República tenía invitados a comer a los miembros del que fuera su Gabinete, en la residencia de los Pinos. Todos acudieron con sus esposas. Se despidió de sus colaboradores ministeriales, pero no olvidó a los empleados de Los Pinos: camareros, cocineros, porteros, mozos, jardineros, que sentían mucho cariño por los esposos Cárdenas. El ex Presidente llamó a un amigo suyo y le entregó unos sobres, en cada uno de los cuales había un nombre escrito, nombre que correspondían a cada uno de los empleados y empleadas en Los Pinos. ¿Qué contenían los sobres? Una escritura que otorgaba la propiedad de un terreno a cada uno de los que fueron sus servidores durante los seis años de haber residido Cárdenas en Los Pinos. Era la recompensa a los buenos servicios y a la lealtad.

​​Uno de los empleados comentó:

Mira por donde entramos aquí pelaos y salimos siendo propietarios.

Isauro Gutierrez

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