La Corregidora

 La Corregidora

Eduardo Murillo Gil

Los “Fenómenos Sociales” llamados así por historiadores, sociólogos, polemistas e investigadores. Son ellos los que como zapadores de la verdad tendrán o tienen el valor de sus opiniones, los cuales analizan las generalidades intrínsecas de los pueblos, de sus historia y de sus comportamientos como de la personalidad humana, sus valores éticos, morales y sus viejos usos y costumbres que en espacio y tiempo se producen, dándole perenne permanencia a los recuerdos de los hechos por explicar en el devenir de los siglos a las actuales generaciones para la creación de una conciencianacional.

El fenómeno histórico que nos ocupa, desde aquel entonces se realiza por la conquista española, la cual cambia bruscamente la vida de los pueblos, de los naturales, expresión validada y dada por el historiador Bernal Díaz del Castillo. Determina ella la colonia y el rumbo colonial el cual incluye formas sociales nuevas, organizativas y administrativas, “otra religión”, nuevo derecho, cultura nueva y nueva lengua; como otras ideas diferentes que nos endilgaron, utilizando infinidad de recursos represivos, no obstante de haber sido la regla injusta y desigual.

Hubo en el ámbito colonial, entre ellos, algunos que diferenciaron por su forma distinta de concebir medidas emancipadoras independentistas y en este orden de cosas se distingue por su amor a las libertades: Doña Josefa Ortiz, personaje que se convirtió en la partidaria más decidida del movimiento independentistas.

En 1791 casó doña Josefa con don Miguel Domínguez, Corregidor de Querétaro, cuando ella tenía 23 años. Originaria de Valladolid hoy Morelia, huérfana era ella desde muy pequeña y su educación la había recibido en el entonces colegio de las Vizcaínas en la ciudad de México. Iniciada en la Conspiración por una de sus hijas, ella, la Corregidora, como se le ha conocido, era una mujer de temple, morena de cabellos oscuros recogidos y siempre en un elegante chongo.

A la caída de España en poder de Napoleón, esto servía de pretexto para que los hombres de ideas avanzadas de la Nueva España buscaran independizarse. Pero estaban dispuestos a continuar bajo la soberanía de Fernando VII, lógicamente independientes de España, como los miembros de la Comunidad Británica de Naciones Independientes de Inglaterra, aceptando la soberanía de los Reyes Británicos, al ver peligrar sus privilegios, los españoles se oponían a las aspiraciones independentistas.

En Querétaro la insurrección más importante se daba y los conjurados ya habían señalado la fecha: debería coincidir con la feria de San Juan de los Lagos, 2 de octubre de 1810. En la casa del Lic. Lorenzo José Parra, con el Presbítero José María Sánchez, y en la del mismo Corregidor de Querétaro.

La conspiración de Valladolid, sofocada en diciembre 21 de 1809, puede ser considerada como el preludio de lo que se forma en Querétaro. Mientras los conjurados de Querétaro ensanchaban su círculo con nuevos prosélitos y empezaban a llamar la atención de las autoridades, Hidalgo en el curato de Dolores allegaba, por su parte, algunos elementos de guerra, haciendo construir lanzas en la Hacienda de Santa Bárbara; en los primeros días de septiembre estuvo en Querétaro en conferencia con sus correligionarios, con quienes convino en proclamar la Independencia el 1º de octubre siguiente. Y de vuelta a Dolores envió llamar al tambor mayor del Regimiento Provincial de Guanajuato, Ignacio Garrido, y a los sargentos del mismo cuerpo. Fernando Rosas y N. Domínguez, quienes, enterados del plan que se trataba, ofrecieron desde luego su adhesión personal e inducir a los miembros de su regimiento a que siguiesen sus ejemplos. Pronto se verá cómo Garrido cumplió sus promesas.

En cuanto a los Conjurados de Querétaro, ellos ya desde mediados de agosto sabían que ya se había dirigido a la Audiencia Gobernadora alguno de los mismos afiliados expresando detalles y extensas noticias de la revolución que estaba por estallar. Cual fuera el motivo de la inacción, entonces, de aquel alto cuerpo, parece hallarlo en el rango inferior del denunciante, José Mariano Galván, dependiente de la Oficina de Correos de Querétaro, y en la lentitud de los procedimientos en una corporación habituada a las dilaciones y las moratorias de la justicia.

Con fecha 9 de septiembre, una nueva denuncia, anónima, delataba desde San Miguel las idas y venidas de los capitanes Allende y Aldama a Dolores y a Querétaro, y ciertas palabras escapadas al primero que revelaban la proximidad de un levantamiento contra los españoles. A partir de este momento las denuncias se multiplican y la conjuración queda completamente descubierta. El Capitán don Joaquín Arias, jefe de un destacamento del Regimiento de Celaya y que era uno de los conjurados, sospecha lo que pasa, y presentándose el día 10 al español don Juan Ochoa, alcalde ordinario de Querétaro, y al de la misma nacionalidad don José Alonso, sargento mayor de su regimiento, se denuncia a si mismo y a todos los compañeros. Ochoa hace salir inmediatamente con dirección a la capital al capitán don Manuel García Arango, con una carta para el Oidor Aguirre, dándole cuenta de lo que ocurre, y aquel lleva el encargo de informar verbalmente a la Audiencia de todos los detalles comunicados por Arias.

Sin embargo, el alcalde Ochoa permanece inactivo, aún después de habérsele comunicado los nombres de los principales comprometidos, y esta actitud sólo se explica por el estupor que debió producirle el conocimiento exacto de la conjuración, y la difícil situación en que le colocaba la complicidad de la autoridad superior, es decir, del Corregidor Domínguez, complicidad que ya le había acusado ante el Virrey y que fue redactada y escrita por el escribano don Juan Fernando Domínguez.

“El Corregidor de esta ciudad decía en ella el alcalde es comprendido, según se me ha instruido, y que tiene hechas proclamas seductivas, y no lo dudo porque su mujer se ha expresado y expresa con la mayor locuacidad contra la nación española y contra algunos dignos ministros que no anhelan otra cosa que todos tengan la debida obediencia y a conseguir la felicidad y tranquilidad pública; pero el torrente de esa señora ha conducido a los depravados fines que he anunciado y no tiene empacho a concurrir en junta que forman los malévolos”. Otra denuncia hecha el 13 de septiembre ante el cura y juez eclesiástico, doctor don Rafael Gil de León, vino a precipitar los acontecimientos. Alamán dice que el denunciante fue un español llamado Francisco Bueras, aunque en una nota puesta al calce de este nombre manifiesta que por otros informes tiene entendido que fue otro. El doctor Mora, afirma y don Carlos María Bustamante insinúa que fue el canónigo de Valladolid Iturriaga, quien hallándose en Querétaro y habiendo enfermado gravemente, reveló a su confesor el secreto de que era depositario, y este corrió a manifestarlo todo al comandante de brigada don Ignacio García Rebollo, pero sin poder precisar el nombre de este delator lo cierto es que informó al doctor Gil de León de una conspiración que debía estallar dentro de pocas horas, siendo su primer acto el degüello de todos los españoles; que las armas de todos los conjurados estaban depositadas en las casas de Epigmenio González y de un tal Sámano; que el corregidor Domínguez tenía participio activísimo en las tramas, y que de todo había avisado ya al coronel comandante de la Brigada don Ignacio García Rebollo.

El doctor Gil de León, acérrimo enemigo de la independencia, pero que antes estaba ligado con el corregidor por los lazos de estrecha amistad, acudió presuroso y afligido a la casa de éste instruyéndole de la denuncia que acababa de hacérsele. No podía, en efecto, darse situación más difícil y espinosa que la del distinguido magistrado en aquellos momentos. Sus deberes oficiales le obligaban a dictar activas providencias contra sus mismos correligionarios, y de no hacerlo así, él mismo robustecía lo que todas las denuncias consignaban, esto es, que la primera autoridad civil de Querétaro favorecía secretamente a los conspiradores.

Por otra parte, la autoridad militar, como le había informado su amigo el doctor Gil de León, ya había recibido también la denuncia, y era lo probable que Rebollo empezase por reducir a prisión al alto magistrado a quien se acusaba de complicidad con los conjurados. Decidiose el Corregidor a prender a Epigmenio González, y a catear su casa, pues en la ultima denuncia se indicaba estar ahí el acopio de armas y pertrechos; quizás se prometía el Corregidor acallar con esta medida las denuncias y dar tiempo de salvarse a la gran mayoría de los conjurados, cuando lo más cuerdo hubiera sido prevenir a González, por trasmano que huyese.

Pero antes de proceder a esa aprehensión anunció a su esposa, doña María Josefa Ortiz, el partido que había adoptado en vista de las circunstancias, y temeroso del nuevo compromiso en que pudiera colocarle el impetuoso carácter de aquella ilustre y esforzada dama, al salir de casa cerró la puerta del zaguán, llevándose consigo la llave. Acto continuo fue en busca del escribano don Juan Fernando Domínguez. Pero el escribano Domínguez, que había redactado tres días antes la comunicación dirigida por el alcalde Ochoa al nuevo Virrey Venegas participándole la existencia de una junta de conspiradores: que con su propia mano había escrito el párrafo de esa misma comunicación en que le acusaba de complicidad al corregidor, y que tenía la creencia de que este era culpable, fingió no creer nada para inspirar confianza al magistrado.

Esto era precisamente lo que el corregidor tenía resuelto. Dirigiose, pues, a la casa de González acompañado del escribano Domínguez y de veinte soldados que le dio el comandante de la brigada, mientras que éste, a la cabeza de otros veinte, marchó a catear la casa de Sámano. La compañía del escribano frustró el plan que de seguro se había propuesto desarrollar el corregidor para salir de la angustiosa situación en que se hallaba colocado.

Al llegar a la casa de González ordenó que se llamase fuertemente a la puerta procurando así a aquel la oportunidad de evadirse por las contiguas; pero el malicioso escribano observó que antes de llamar era conveniente que se situase parte de la tropa en las azoteas vecinas, y como el Corregidor estaba condenado a no inspirar sospecha, so pena de perderse él y sus amigos, lo dispuso así, y luego entró en la casa seguido de su tropa. Como a primera vista nada alarmante se ofrecía, disponíase ya el Corregidor a dar por terminado el cateo; pero su acompañante insistió en que se recorriera escrupulosamente toda la habitación, descubriéndose en dos de sus piezas gran cantidad de cartuchos, municiones y cabos para lanzas. Preciso fue entonces al Corregidor prender a Epigmenio González, al hermano de éste, y a los demás habitantes de la casa, que quedó guardada por los soldados.

Mientras el Corregidor estaba ejecutando la prisión de Epigmenio, su esposa, doña Josefa Ortizpersuadida del riesgo que la conspiración corría de frustrarse y todos los comprometidos en ella de ser aprehendidos, si no se tomaban prontas y eficaces medidas, trató de dar inmediatamente aviso a Allende del punto a que habían venido las cosas. La recámara de su habitación caía sobre la vivienda del alcaide de la cárcel, la que, como casi en todas las capitales de provincia, estaba en los bajos de la casa de gobierno. Llamábase el alcaide Ignacio Pérez, y era uno de los más activos agentes de la conjuración.

La seña convenida entre él y doña Josefa Ortiz de Domínguez, llamada la Corregidora, para comunicarse en cualquier caso imprevisto, era la de TRES GOLPES con el pie sobre el techo del cuarto del alcaide: diéronse en esta crítica circunstancia, y como el Corregidor había dejado cerrada la puerta del zaguán, a través de ésta impuso la corregidora a Pérez de las ocurrencias de aquella noche, y le previno buscase persona de confianza que fuese con toda diligencia a instruir a Allende de todo. El empeñoso Pérez no quiso confiar a otro encargo tan delicado: él mismo se puso en camino, y habiendo encontrado a Allende en San Miguel, a donde llegó al amanecer, a quien dio cuenta del objeto de su venida.

Este oportuno aviso, como todos lo conocemos, dio por resultado la proclamación de la independencia. El nombre Ilustre de doña Josefa Ortiz de Domínguez, de la generosa matrona que en aquellos momentos de angustioso aturdimiento se olvida del peligro que a ella y a los suyos amenaza y sólo atiende a la conservación de los que cree capaces de libertar a la patria, queda unida desde ese entonces a los nombres gloriosos de nuestros héroes.

La Corregidora por su parte, llena de denuedo en aquellas difíciles circunstancias, mandó avisar al capitán Arias de todo lo que ocurría, pues ignoraba la denuncia que este mismo individuo había hecho de la conspiración, y lo exhortaba a apresurar el movimiento concertado como único medio de salvar a los comprometidos; pero Arias contestó destempladamente que harto expuesto se hallaba ya por haberse fiado de personas que no lo merecían, y respecto del partido que el debiera adoptar ya había resuelto hacer lo que creía más conveniente, y acto continuo fue a denunciar al alcalde Ochoa el recado que de la Corregidora acababa de recibir, manifestándole también que todo cuanto el Corregidor había practicado, desde que los González fueron reducidos a prisión, no era más que apariencia falaz, pero que los trabajos a favor de un movimiento revolucionario continuaban con creciente actividad.

Cesó entonces la vacilación del alcalde Ochoa. La farsa estaba terminada, y el alcalde Ochoa, fuerte con la declaración que acababa de recibir, pudo ya proceder contra su superior, librando mandamientos de prisión contra los comprometidos y pidiendo auxilio al comandante de brigada García Rebollo, quien puso a su disposición la fuerza necesaria y envió orden, por conducto del teniente Cabrera, al mayor del regimiento de la Reyna, Camúñez, residente en San Miguel, para que arrestase desde luego a Allende y Aldama, orden que no pudo ser cumplida por que lo impidieron otros sucesos.

Pero sí a las dos de la mañana del día 16 estaban fueron reducidos a prisión el corregidor don Miguel Domínguez, su esposa doña Josefa Ortiz y los demás conjurados, residentes en Querétaro. El primero fue llevado al convento de la Cruz, la segunda al de Santa Clara, y los otros presos a losdel Carmen y San Francisco.

El corregidor, fue puesto en libertad por  el Alcalde de Corte Collado, poco después fue repuesto en su empleo; medida política aconsejada a Venegas por los miembros de la Audiencia. La Ilustre doña Josefa Ortiz, salió de su prisión para ser de nuevo  perseguida por el Virrey Calleja cinco o seis años mas tarde.

Al triunfo de la independencia, la ilustre doña Josefa Ortiz de Domínguez, recuperó su libertad y rechazó el nombramiento de dama de honor de la emperatriz que le ofreció Agustín de Iturbide, y nunca aceptó recompensa por los servicios prestados a la causa independentista. Su marido, el Corregidor, formó parte en 1823 del gobierno nacional y murió en 1824 siendo presidente de la Suprema Corte de Justicia.

Es así como los fenómenos sociales descritos al principio. Sin duda alguna, son los que por su entrega, valor, lealtad y espíritu de sacrificio, merecen el titulo de héroes. Dado a los seres que en cualesquier parte o condición del universo, brillan por su amor a la humanidad. Por su entrega incondicional a la causa independentista.

Ella, La Corregidora doña Josefa Ortiz de Domínguez, y su esposo don Miguel Domínguez, Corregidor de Querétaro, cual estrellas brillan en el corazón de los mexicanos, del pueblo por el cual arrostraron su vida, su posición social y económica, sin esperar nada a cambio. Es por esto que la patria agradecida, perennemente les honra, recordándoles con amor, respeto y cariño. Doña Josefa Ortiz de Dominguez murió en 1829 en la capital de la república y actualmente sus restos descansan en Querétaro, la ciudad donde su decisión y su coraje, lograron salvar la causa insurgente.

 

Isauro Gutierrez

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