El Reloj de Arena

 El Reloj de Arena

Cuauhtémoc López Sánchez

 

El pequeño reloj de arena estaba roto.

El tiempo había quebrado sus cristales, desgastándolos lenta y tesoneramente, auxiliado por la aspereza perseverante de la arena.

Por fin, el tiempo pudo escapar de la estrechez que el reloj le imponía con esa extraña e insufrible tiranía, limitándolo, cercándolo, asfixiando su inagotable iniciativa, poniéndole siempre fin a su camino, obligándolo a medir y medir irremediablemente todo.

La oquedad que el tiempo produjo al huir, fue también aprovechada por la arena, para salir huyendo con tanta agilidad como la del tiempo, ligereza que en ese mismo instante le despojó de peso y de medida.

El tiempo consiguió sacudirse su carga milenaria. Dejó caer el fardo de arena que por tanto tiempo lo había mantenido esclavizado y con su escapada, propició la desaparición de épocas y edades.

Tiempo y arena pudieron finalmente ser libres uno del otro; se descongelaron, corrieron, volaron. Rompieron su propia continencia para cumplir con el designio de labrarse su propio destino.

La arena, mezcla de partículas cósmicas, silíceas, carboníferas y calcáreas; de formas poliédricas, cristalinas y brillantes unas, opacas otras, corrió liberada, sin destino, sin dirección, atropellándose y chocando repetidamente.

Acostumbrada como estaba a permanecer unida, se aglutinó para construir estrellas, soles, planetas, playas y desiertos. Fue molde de vegetales y animales.

Propició lluvias. Provocó ciclones y huracanes.

Cooperó con tempestades interminables de rayos y centellas.

Persiguió estrellas errantes y cometas vagabundos.

Hizo sentir en todos los ámbitos del Universo, el peso acumulado en sus edades milenarias.

Por otra parte, al desaparecer el tiempo, cesó la armonía y todas las cosas, las acciones, los proyectos, los anhelos, las ilusiones, fueron suspendidos o desaparecieron, pues no había tiempo para nada y el desorden construyó su imperio en el Cosmos, porque el tiempo no podía ser alcanzado, dominado, ni encerrado, trastornando así los planos de la conciencia, del conocimiento, de la inteligencia.

Ya no se le encontraba utilidad a ningún objeto, puesto que al no existir el tiempo, tampoco se descubría algo que pudiera ser usado para contener su medida.

Sin tiempo, todo permanecía estático y unísono.

Nada empezaba ni acababa, permanecía siempre igual, siempre monótono.

La vida se aburría viviendo eternamente. Había dejado de ser problema filosófico, ontológico y dialéctico.

En tanto que nada cambiaba, el tiempo y la arena vagaban con inútil desdén por el espacio infinito.

Fue necesaria la intervención de un Consejo Universal para detener el caos y el progreso vertiginoso y devolver, sobre todo al tiempo, al plano que le correspondía, pero ya no apresándolo en una común, simple y sencilla ampolleta de cristal de un reloj de arena.

El Consejo se propuso evitar las tristes experiencias de milenios pasados y tomando al inexorable y obstinado tiempo, lo colocó dentro de un hombre construido con arena.

Desde entonces y hasta nuestros días, la Humanidad es portadora y encargada de contener tiempo y arena. Tiempo y arena constituyen hoy, lo único valioso y eterno que posen los hombres.

En el hombre, tiempo y arena encontraron su exacta dimensión y medida y de ahí, ya no pueden escapar nunca más. Quedaron tan unidos que ni la muerte los puede separar.

Es así que el hombre se ha convertido en la medida de todas las cosas.

Por eso es el hombre un Reloj de Arena.

Isauro Gutierrez

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