México ante Dios. Los conjurados de la Profesa


Vicente García Rocha.
Muy pocos o poquísimos mexicanos sabemos quiénes fueron el canónigo Matías Monteagudo; Monseñor Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos Arzobispo de la Ciudad de México; el padre Francisco Javier Miranda y Morfi; y Monseñor Clemente de Jesús Munguía; Son muy pocos los que conocen los crímenes y atentados cometidos por estos príncipes de la iglesia en contra la nación. La iglesia ocultó sus acciones negativas y sólo permitió saliera a luz su sagrada misión pastoral, escondiendo sus actos y acciones militares, diplomáticas, políticas y financieras.
Muchos pasajes de la historia son ignorados y escondidos deliberadamente por los investigadores mercenarios, por los gobiernos corruptos o por los protagonistas interesados en manipular los datos y hechos para cambiar los acontecimientos.
Cuando Hidalgo y Morelos encabezaron el movimiento armado, la destrucción del país en todos lo órdenes alcanzó proporciones alarmantes; desafortunadamente, el primero de ellos por su escasa o nula visión militar y, desoyendo al capitán Allende, se negó a tomar la ciudad de México después de haber derrotado a las fuerzas realistas en la batalla librada en el Monte de las Cruces, con bajas considerables en sus 80, 000 soldados mal entrenados y peor armados; y que no obstante esto, la ciudad inerme no fue ocupada por las fuerzas insurgentes. Una decisión equivocada de Don Miguel Gregorio Hidalgo y Costilla Gallaga y Mandarte, que tal vez, hubiera acotado no sólo la lucha por la independencia, sino también hubiera evitado la derrota de Puente de Calderón, la captura y fusilamiento de los grandes caudillos insurgentes en Chihuahua.
El segundo, el generalísimo Morelos, su genio militar fue reconocido incluso por el Gran Corso Napoleón I, y sus dotes de estadista aun sigue siendo muy válida en su propuesta social, aunque parece no entendida, ignorada y, en el mejor de los casos, manejada con cinismo, con burda demagoga, por la clase política que desde que logró el poder y que con chapuzas y traiciones entronizó el neoliberalismo voraz y deshumanizado, dedicándose a la entrega del país a los grandes capitales criollos o extranjeros y al saqueo impune en beneficio propio o de la élite privilegiada, de la que es servil lacaya.
Precisamente por haber tenido esas dos grandes virtudes y dotes, ser Militar excepcional, que logró bajo la disposición del Padre de la Patria, que José María Teclo Morelos y Pavón que en lugar de servir como capellán de las fuerzas insurgentes fuera comisionado a insurreccionar al sur del país y a tomar el puerto de Acapulco (misión que cumplió con amplitud, heroicamente logró un eficientísimo, aunque pequeño ejército, dónde no sólo brillo El Rayo del Sur, por supuesto el gran Morelos), sino también, la suma de otros valerosos mexicanos, como Don Hermenegildo Galeana y sus hermanos, Don Nicolás Bravo, Don Mariano Matamoros y muchos otros heroicos e ignorados mexicanos.
No obstante el genio militar del Generalísimo Morelos, su estrella declinó a raíz de que Don Agustín de Iturbide logró información estratégica y valiosa en la batalla del sitio de Valladolid, como lo fue el saber que los soldados de Morelos en su ataque nocturno a la ciudad llevarían un paliacate rojo y una manga de la camisa arriscada; Iturbide ordenó a sus soldados usar las mismas identificaciones que los insurgentes de Morelos y, al infiltrar sus líneas, acabaron masacrándose entre sí. Esa batalla marcó el ocaso de Morelos en lo militar, aunque como estadista, seguiría brillando al elaborar los Sentimientos de la Nación, proteger el Congreso y a la Constitución de Apatzingán. Morelos fue aprendido y encarcelado; después de degradarlo fue fusilado en Ecatepec en 1815.
Según Martín Moreno, el canónigo Matías Monteagudo, acompañado de un grupo de sacerdotes pertenecientes al alto clero católico, fueron quienes finalmente rompen con España y logran la independencia, para lo cual contaron con el apoyo de latifundistas, magnates del comercio, militares de alto rango, distinguidos magistrados, criollos destacados, funcionarios y burócratas sobresalientes; todos ellos deseosos de cuidar su patrimonio y sus intereses. El autor considera que se debe saber lo que aconteció en el interior del templo de la Profesa, la casa de los oratorianos de México, en aquel mayo de 1820.
En dicho templo, describe el autor, hay confesionarios colocados a la vista del público creyente, para que los sacerdotes ya no pudieran abusar de las mujeres en las sacristías, donde se les purificaba en privado sus pecados. Dicha iglesia es una de las más hermosas de la capital. Matías Monteagudo fue reconocido por la lealtad a la Corona Española y por sus relumbrantes títulos como rector de la Real y Pontificia Universidad, director de la Casa de Ejercicios de la Profesa y consultor de la Inquisición Mexicana, cuando se sentenció a muerte a Morelos. El inquisidor en funciones contó con la compañía y apoyo de los obispos Ruiz Cabañas de Guadalajara; Juan Ruiz Pérez de Oaxaca, el encargado de la Mitra de Michoacán; además del regente de la Real Audiencia, Miguel Bataller y el ex inquisidor José Tirado, claro contando también con el apoyo disimulado del virrey Apodaca. Se trataba de una confabulación armada contra la España liberal, instrumentada por el grupo más retardatario y reaccionario de la sociedad, fanáticos adictos a la monarquía absoluta.
El autor Martín Moreno recrea el discurso del ilustre canónigo, de la siguiente manera:
“…En mayo de 1814, Fernando VII, una vez que concluyó la intervención napoleónica, había decapitado la era de libertad inaugurada por las Cortes de Cádiz de 1812, al declararlos nulos y sin ningún valor ni efecto, todos los decretos, Fernando VII había espantado, afortunadamente, a los demonios del progreso, ordenó la redacción de un decreto derogando de un plumazo la Constitución de Cádiz, para restaurar la monarquía absoluta, en el estado en que se encontraba antes de la invasión francesa de 1808. El clero español logró imponerse a las hordas demoniacas liberales y nosotros en la Nueva España pudimos respirar en paz, el peligro ha pasado, Dios le pudo sujetar las manos al Diablo…” [1]
Y continúa el ilustre prelado… “…Ahora en 1820, como todos sabemos, ha revivido en España la maldita peste constitucionalista…Satanás, hermanos, está otra vez de pie…” [2]
Para Monteagudo, las leyes de Cádiz eran un conjunto de normas inaplicables, intolerables, inadmisibles. Nada de extinguir la Santa Inquisición, ni de abolir el fuero eclesiástico, menos reducir los diezmos, ni subastar los bienes del clero, ni de permitir la libertad de imprenta ni de prensa. Monteagudo se oponía a cualquier reforma social contraria a los intereses clericales. No se toleraría a nadie atentar en contra de los poderes del señor para mermar el poder de su iglesia… “nunca aceptaremos una disminución en cualquier rubro de nuestros ingresos… ni permaneceremos sentados mientras nos arrebatan los privilegios de los hemos disfrutado en los últimos trescientos años”, después de hacer una pausa, continúa en el siguiente tenor:
“…Hoy en día Don Fernando, nuestro rey, como todos sabemos, se ha convertido en rehén de los liberales, que sólo Dios Nuestro Señor con su generosa misericordia, podrá, tal vez, perdonar algún día en que comparezcan estos asquerosos gusanos ante Él, el día del Juicio Final—se persignó y besó su cruz pectoral de oro decorada con enormes esmeraldas custodiadas por pequeños diamantes engarzados—Desde el 7 de marzo de este trágico y desesperado 1820 Don Fernando se vio obligado a jurar la Constitución de 1812 que él había derogado en tanto tino y sabiduría…” [3].
¿Cómo imaginar a un clero católico colonial aceptando la libertad de opinión, cuando por haberse atrevido ya no a decir, sino tan sólo a pensar, ibas a los sótanos de la Inquisición acusado de hereje?, ¿Cómo dejar las denuncias anónimas ante el Santo Oficio para que pudieran condenar a largas condenas, sin que se llegase a saber la identidad del acusador?. El director del oratorio de La Profesa se apresuró a explicar su plan que presentamos aquí resumido a lo esencial:
Construyamos, hermanos del alma, una inmensa campaña que cubra todo el territorio de la Nueva España, que tanto trabajo nos ha costado formar y limpiemos la filtración de las leyes dictadas por el Diablo, que por lo visto, se ha aposentado de toda la península. Monteagudo, exhibiendo una ostentosa sotana confeccionada en Europa con seda negra, dijo que la única manera de salvar la Colonia de la contaminación liberal originada en la Metrópoli consistía en acudir a los remedios heroicos y cortar todo nexo con la Madre Patria, es decir, proclamar la independencia de la Nueva España: “…rompamos los vínculos que nos atan con la Madre Patria para proteger los intereses del Señor aquí, al menos, en esta hermosa tierra de promisión americana…” y agrega: “…no olvidéis que Fernando VII esta preso…”
Recordemos nosotros que el ilustre canónigo derrocó al virrey Iturrigaray en 1808, lo encarceló, cuando éste exigió la independencia de España al producirse la invasión francesa y, que después había mandado fusilar a Morelos, había cambiado de bando, estaba del lado defendido por Iturrigaray, por Hidalgo y Morelos. Exigía el rompimiento definitivo con España, pero no por las razones republicanas y políticas de los heroicos insurgentes, sino para proteger a los de su clase y a la institución religiosa que él y sus interlocutores representan por ministerio de Dios, cuyos ingresos de la iglesia católica, eran superiores a los ingresos del Estado español.
¿Cómo vamos a permitir señores— continuó – la abolición de la Santa Inquisición, la secularización de nuestras instituciones de beneficencia y, la liquidación del fuero eclesiástico y el militar? Unámonos al ejército, jurar la Constitución es un suicidio colectivo. Quien se atreva a jurar la Constitución de 1812 deberá ser excomulgado. Y recalcó, “…la independencia de la Nueva España se justifica sólo para proteger a la religión católica…”. La primera parte de la decisión todos los conjurados la han tomado, cortar las cuerdas que nos unen con España, antes que nos hundamos juntos, corean, necesitamos un brazo armado para aplastar a Guerrero en la sierra del sur, necesitamos al hombre que nos independice de España y se comprometa a respetar los intereses clericales de esta santa Colonia, sentencia el alto prelado.
Se barajaron varios nombres y diversas posibilidades, hasta que el propio Monteagudo sacó una carta escondida en la sotana y la puso sobre la mesa, la que contenía el nombre del candidato para ser ungido jefe de la independencia: Don Agustín de Iturbide. Se le acusó de cometer fraude contra el ejército, de corrupto, como confiar en él, dijo el obispo Ruiz Cabañas, además, agregó, fue acusado de fusilamientos innecesarios, de saqueos salvajes, en las poblaciones tomadas por él. El obispo Juan Ruiz Pérez, recordó que al principio había sido insurgente y después, por conveniencia había adoptado el papel de consumado realista y si esto fuera poco, se acuesta con la famosa Güera Rodríguez… lo que sería un pecadillo venial si no estuviera casado con Doña Ana María de Huarte y con quien ha procreado varios hijos. Como la bellísima mujer aludida en primer término, había compartido el lecho con la mayoría de los ministros de Dios ahí presentes, lo que resultó un atentado en el seno de la reunión secreta, unos con un silencio tenso, otros tosiendo y otros más rezando, evadieron el escabroso tema.
“…‘Monteagudo interceptó de inmediato los golpes contra su candidato, diciendo, ¿quién derrotó finalmente a Morelos en el sitio de Valladolid?, Iturbide, de acuerdo con Calleja, aplastó al bribón de Morelos, ese mal bicho que se atrevió a atentar en contra de la institución católica… ¡¡¡Bendito, mil veces bendito, el día en que a Hidalgo le quemamos las manos con acido, lo fusilamos y lo descuartizamos para colgar su cabeza en la Alhóndiga. ¡Bendita sea la Alhóndiga!, ¡Bendito el ejemplo a los seguidores de esos rufianes…!” [4]
Matías Monteagudo solicito el beneplácito de los presentes en La Profesa de modo de que Agustín de Iturbide sea colocado al frente del ejército que acabe finalmente con Guerrero, se comprometió a obtener la aprobación del Virrey. Uno a uno levantaron la mano brindando un voto de confianza a Monteagudo, la independencia se consumaría salvo un par de tiros. La presencia de Guerrero se justificaba para cubrir las apariencias. La única realidad es que finalmente los conjurados, lograban la emancipación de España y la iglesia conservaría su patrimonio y privilegios.
María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba, La Güera Rodríguez, nació y murió en la ciudad de México, según la Enciclopedia de México [5], fue partidaria de la independencia y por ello compareció ante el tribunal de la Santa Inquisición, después de cuyo proceso el virrey Lizana y Beaumont, la desterró a Querétaro, tuvo gran amistad con Iturbide y fue admiradora de Humboldt, se casó en tres veces, primero con José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil, en 1794, de quien enviudó once años después, casó en segundas nupcias con Mariano Briones y en terceras nupcias con Manuel Elizalde, quien a su muerte, se ordenó sacerdote.
La realidad era que en esos años de 1820 La Güera Rodríguez compartía su lecho con Iturbide, como lo hizo antes con Simón Bolivar, cuando éste visitó la ciudad de México, también le dispensó sus favores a Guerrero y por supuesto a la mayoría de los prelados conjurados de La Profesa, fue la que hizo posible el abrazo de Acatempan, el Plan de Iguala en 1821 y que el ejercito Trigarante, entrara desfile en la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, consumando al menos políticamente la independencia y, el 28 del mismo mes, se instalara la Junta Provisional Gubernativa, la que instalará a su vez, el primer Imperio.
El nuevo país nacía con una gigantesca sanguijuela pegada al cuello, que le succionaba toda la sangre hasta dejar a la nación como un cuerpo seco y casi inmóvil. Otro católico como Don Benito Juárez García, respaldado por la pléyade de los hombres de la Reforma, sabría cómo lograr la verdadera independencia de México. Ese objetivo, fue bien comprendido por el indio de Oaxaca y los liberales de su generación, sabedores de que sólo se alcanzaría separando a la iglesia del Estado y privándola de sus bienes y privilegios.
[1] Francisco Martín Moreno. México ante Dios.—[México,Alfaguara, 2006]p.73
[2] Ibid.p.75
[3] Ibid.p.79
[4] Ibid.p.81-82
[5]Enciclopedia de México.—2ª.ed.—México: La Enciclopedia de México, 2000. v.12 p.7004
