Las trampas de la popularidad presidencial


Por Leopoldo González
Llama la atención del pueblo informado, de los electores cultivados, de expertos y analistas de los grandes temas nacionales, el o los por qués de la popularidad del presidente López Obrador.
En investigaciones de mercado, en artículos y sesudos ensayos, muchos se preguntan cuáles son las razones de la popularidad presidencial, cuando es obvio para la gran mayoría que México va rumbo al desfiladero, que en cada centímetro del país se vive el abandono y la ruina en propia piel y, en suma: que las cosas están peor que antes y empeorando cada día.
Quizás no nos damos cuenta, pero hay elementos y categorías de análisis que explican esa dicotomía social, esa ambivalencia en el comportamiento colectivo.
Desde luego, el presidente morenista no es popular porque sea un gran presidente, un gobernante excepcional o una eminencia ejerciendo el poder. Ninguno de los indicadores de gestión pública y desempeño político y económico lo avala.
Tampoco puede explicarse su respaldo entre las masas “flamables e inflamables”, en el hecho de que haya resultados concretos de gobierno y de que México sea un ejemplo de desarrollo para Latinoamérica y el mundo.
Que se pretenda hacer radicar la popularidad del presidente en que es un hombre culto, y en la tribuna un pico de oro, desde luego que tampoco. La mejor prueba de su ignorancia es su discursear torpe, su lenguaje chato y vulgar, sus decisiones carentes de lógica y razón, y la verbosidad soporífera de mañaneras y no mañaneras.
En todo caso, parte de su éxito popular reside, en muy buena medida, en sus apoyos clientelares a más de 30 millones de mexicanos, en las redes sociales que mueve con nuestro dinero y en la astucia para comunicar lo que la víscera caliente del piso social espera oír.
La clave reina de la popularidad de López Obrador está en la ignorancia de masas que priva en México. Sin embargo, hay otras razones -más profundas quizá- que podrían explicar el hecho.
El ser humano es incapaz de entender la realidad, de forma que construye modelos para poderlo hacer. Esos modelos dependen del lenguaje, y el lenguaje de la cultura. En cada momento en que transitamos a otra etapa, lo que es claro para las mayorías es que lo que entendían ha dejado de existir. “Al no entender -escribe Macario Schettino- nos queda nuestra base animal: las emociones sin límite, el miedo, la angustia, la ira. Y seguir a un macho alfa: el más fanfarrón, el más agresivo, el más grotesco, el más irresponsable, creyendo que nos va a sacar de la miseria en que nos encontramos, porque somos incapaces de hacerlo por nosotros mismos”.
Desde un punto de vista psicológico, son el miedo y la inseguridad los que conducen a los pueblos a idealizar ídolos de barro, a rendir pleitesía a leones de gelatina o a diosecillos de papel.
Últimamente se ha generalizado el que las personas evalúen la realidad, no de acuerdo con lo que perciben, sino siguiendo sus creencias. De modo que, si el modelo previo que tenían de la realidad discrepa de la realidad, modifican el entendimiento que tenían de ella para que coincida con sus creencias. Esto es lo que José Festinger llama disonancia y, más específicamente, disonancia cognitiva, que en su traducción al caso mexicano significaría: si la realidad va por otro lado y se opone a las creencias y pulsiones más profundas del presidente y sus seguidores, pues peor para la realidad.
De manera que, si se mide la popularidad presidencial en estos términos, imagine usted en lo que estamos y hacia dónde vamos.
Si un país va a una catástrofe segura, y el pueblo de ese país tiene a su presidente en niveles de popularidad que lo hacen parecer un “rockstar”, un “superhéroe” -al margen de que esto tenga o no posibilidades de explicación racional-, estamos ante un caso en el que la creencia remplaza a la percepción y anula, de paso, el libre ejercicio de la razón.
Las crisis del pasado que no ha resuelto y las crisis que López Obrador ha agregado al México de hoy, indican que nos aproximamos al precipicio a que quiere llevarnos la 4T, sin que los seguidores del macho alfa parezcan advertirlo.
Las muertes producidas por la delincuencia y el Covid-19 en el actual gobierno, suman ya más de 140 mil, pero eso no modifica ni altera el hecho de que tenemos -dicen ellos- al presidente más popular de la historia.
A la luz de lo expuesto en estas líneas, una popularidad forjada y conseguida en esas condiciones es, francamente, de dar pena ajena.
Pisapapeles
Lo “popular” no es necesariamente lo mejor. Creer en la eficacia de la popularidad, y no en la popularidad de la eficacia, es una de las grandes disonancias de la 4T.
leglezquin@yahoo.com
