“Sumar por Michoacán” obtuvo su registro como agrupación política
Benjamín


Cuauhtémoc López Sánchez
Era un día lluvioso de agosto en la sierra michoacana y la combinación gris del cielo con la penumbra de la tarde, acentuaban las arrugas de Benjamín, el guía de la tropa, haciéndolo ver más viejo de lo que sus veinte años prometían. La partida militar intentaba cubrirse inútilmente del agua con las mangas militares y oteaban tensos los movimientos que les permitieran prevenir un ataque.
– Sargento Méndez- susurró el capitán.
– Sí señor.
– Levantamos el campamento. Benjamín, ¿cuánto crees que hagamos a Jiquilpan?
– Por Las Ánimas, como medio día. Por Paredones, un día, señor.
– ¿Por dónde es más seguro?
– Por Paredones, señor. Benjamín conocía los caminos de Michoacán, Jalisco, Colima y Guanajuato. Desde niño había acompañado a su padre y sus hermanos dedicados a la compra, venta y transporte de mercancías de la región, utilizando mulas y burros. El nombre de Benjamín le venía por obligación, porque su madre había muerto en el parto y su padre no tuvo más remedio que cargar con él. Así que aprendió caminando la geografía del occidente mexicano, incluidas cuevas, barrancos, ríos, vados, pasos, poblados y pastizales para el ganado.
Tomaron rumbo a Paredones y la Laguna de San Juanico quedó a sus espaldas. La lluvia se hizo menos intensa pero el terreno fangoso dificultaba el paso y no era fácil seguir el rastro de los alzados. Benjamín recordaba los motivos por los que se había unido al Ejército el año de 1928.
– ¡Niño, mi niño Benjamín. Los alzados se llevaron a sus hermanas y sus primas!- Gemía la nodriza y sirvienta de la familia Sánchez Lagunas.
– ¿Para dónde jalaron? ¿Dónde está Eulogio?
– Salieron como para La Yerbabuena o para Los Reyes. Al caporal lo golpearon y lo están curando.
– ¿Cuánto hace que se fueron?
– Fue desde medio día, mi niño.
– ¿Reconociste a alguno?
– Mejor que ni lo sepa, mi niño.
– Es muy importante. De ello depende el rumbo que tomaron.
– Tus primos, los sacerdotes- Contestó avergonzada.
– Prepara comida mientras ensillo. Cuando lleguen mi papá y mis hermanos, que me alcancen en Los Reyes. Que vayan armados.Salió de Peribán con dos de los mejores caballos. El ritmo del galope le parecía lento, pero su corazón y pensamientos volaban queriendo alcanzar a sus primos. Cuando cruzaba el río Agua Fría, lo interceptó una partida militar, a cargo del capitán Salgado que lo interrogó acerca de su prisa y las armas que portaba. Impaciente le explicó quién era, lo sucedido en Peribán y quienes eran los cabecillas del grupo que perseguía. El capitán miró alternativamente a la tropa y a Benjamín.
– Esos son los que andamos buscando, muchachos. ¿Conoces los caminos de acá?
– Sí señor, como la palma de mi mano y con los ojos cerrados.
– Necesitamos un guía. ¿Te unes a nosotros?, tú sólo no vas a poder con ellos.
– Pero hay que darse prisa.
– Vámonos muchachos. El sargento Benjamín nos va a decir por dónde.Al anochecer llegaron a Yerbabuena. El arribo del ejército causó inquietud entre los habitantes que temerosos, solamente se atrevían a asomaban por entre los varales de sus jacales. El capitán buscó al jefe comunal, pero el temor los paralizaba y dijeron no saber nada. El miedo se sentía en el aire y el militar tuvo que recurrir a la amenaza de fusilamiento para que hablaran. Un anciano, que dijo ser el padre del jefe, habló.
– Vinieron dos curas con los alzados diciéndonos que estaban defendiendo la religión. Nos obligaron a darles comida, se llevaron a los muchachos, violaron a nuestras mujeres y dejaron a cuatro muchachas. Las tenemos en una casa donde las están curando porque quedaron muy golpeadas. Amenazaron con matarnos si decíamos para donde se iban. Si usted me promete que no va a llevarse a mis muchachos, le digo donde están.
– Primero llévanos con las muchachas que dejaron y luego hablamos.
– Sí señor.
– ¡Benjamín, acompáñame! Una maldición se ahogó en el pecho de Benjamín al contemplar a sus hermanas y primas semidesnudas, golpeadas y con la mirada perdida. Apenas pudo contener la ira que empezaba a ensombrecer sus raros ojos grises. Abrazó a sus hermanas, queriendo devolverles la vida y la alegría juveniles que los unía, haciéndolos disfrutar de travesuras, ser confidentes, soñar con el futuro, sentir devoción por sus primos, los sacerdotes, los que estaban cerca de Dios, los que intercedían por ellos ante Jesús, los que rogaban a la Virgen María para que sus pecados fueran perdonados, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
– Benjamín, lleva de regreso a tus hermanas y nos alcanzas. Vamos a conseguir caballos para ellas. Así no puedes seguir con nosotros.
– Sí, mi capitán.
– Viejo, ¿dónde escondiste a tus hijos?
– Hacemos socavones en las paredes de las norias y ahí los bajamos cuando vienen los alzados. Creímos que habían regresado. Un ligero temblor de tierra los previno de la llegada de gente a caballo. Creyeron que se trataba de una emboscada y tomaron posiciones cortando cartucho. Seis jinetes se apearon en el tendejón del lugar y solicitaron comida y agua para ellos y sus caballos. Benjamín reconoció la voz de su padre y salió gritando:
– ¡No disparen! Es familia. Papá ¿qué pasó? ¿y la carga?
– Unos bandoleros nos asaltaron y en nombre de la Virgen de Guadalupe y Cristo Rey nos quitaron todo. A pesar de que ocultaban la cara, me pareció reconocer a dos de ellos, pero no quiero adelantar vísperas. ¿Y tú, qué haces aquí? Te dejé con tus hermanas.
– En lo que me fui a preparar los corrales y a comprar comida para los animales, los mismos que los asaltaron a ustedes, pasaron por la casa y se llevaron a Luisa, Valeria y a las primas. Al venirlos siguiendo me encontré con la tropa del capitán Salgado. Ya encontramos a las muchachas. Los primos y su gente las violaron y están muy mal. Llévalas a Peribán y mis hermanos y yo vamos tras ellos.La amargura invadió a la familia Sánchez Lagunas. Solamente la ternura del padre y los hermanos hizo reaccionar a las jovencitas, que entonces pudieron entre sollozos, relatar la crueldad de los sacerdotes y su gente. Sus mentes esquivaban los recuerdos dolorosos, pero les parecía escuchar las voces de los sacerdotes incitando a más de treinta bestias a realizar acciones inconfesables con ellas, teniendo la bendición de Cristo Rey y de la Virgen de Guadalupe.
El arroyo Los Reyes iba crecido y era peligroso intentar pasar a esas horas de la madrugada, pero había señales de que por ahí habían cruzado los alzados y el peligro de una emboscada los hizo acampar, para descansar y organizar el ataque. La sección comandada por Salgado tenía su base en Sahuayo y había recibido órdenes directas del Gral. Amaro para someter a los alzados desde Peribán hasta Jiquilpan.
Benjamín no pudo conciliar el sueño. Se sentía culpable por no haber estado presente en el momento del ataque y la imagen de sus hermanas y sus primas le golpeaban las entrañas y las fibras de su alma se iban endureciendo, sumergiéndolo en un estado de insensibilidad al cansancio, al dolor, a la necesidad de alimento, pero hacían que sus reflejos estuvieran a flor de piel.
– ¿Conoces a Luis Navarro Origel o a Jesús Degollado Guízar?
– Escuché a mis primos decir sus nombres, señor.
– Comandan en Jalisco y Michoacán a los cristeros. Tenemos órdenes de acabar con ellos por los abusos que cometen por donde pasan. Les cortan las manos o las orejas a los maestros, despojan de sus pertenencias a quienes no son católicos, violan y ultrajan a las mujeres, obligan a los jóvenes a unírseles so pena de excomunión y como ya lo viste, están perdiendo el control porque roban hasta a sus familiares.
– ¿Qué va a pasar cuando los encontremos?
– Los vamos a fusilar.
– ¿Así nada más?
– Son las órdenes que tengo. Cruzaron el río cuando amanecía. La avanzada descubrió el campamento alzado en el valle de Los Reyes. El ataque fue sorpresivo y el olor a pólvora y sangre inundó el aire y los pastizales. No hubo bajas en el Ejército y Benjamín, que solamente había disparado en las cacerías organizadas por su padre, sintió que el momento de cazar otros animales había llegado. Al final, tenía la mano adolorida de tanto jalar el gatillo de su 30-30 y ante él, estaba el valle vestido de blanco, como sus hermanas.
– Hay algunos heridos, capitán. ¿Qué hacemos?
– Interrogarlos y fusilarlos. Benjamín, ¿quieres identificar a tus primos?
– Sí señor. Recorrió el campo entre los gemidos suplicantes. No encontró a sus primos y sintió una mezcla de frustración y remordimiento. Se quedó en medio del valle, mirando el horizonte, confundido y tratando de descubrir el rastro de la venganza. La voz del capitán lo regresó a la realidad.
– Así es de cruel la guerra, Benjamín. ¿Encontraste a tus primos?
– No, señor.
– Los heridos declararon que parte de su gente siguió para Cotija. Van a comprar armas y parque con el dinero robado. Vámonos. Rodearon Los Reyes, evitaron Santa Clara y cruzaron el Río Grande para acampar en las faldas del cerro La Verdura, desde donde veían el humo de Tocumbo. Benjamín y dos civiles, se adelantaron a investigar, confirmando que por ahí habían pasado más de treinta cristeros hacia Cotija. Levantaron el campamento y al atardecer llegaron a los llanos de La Esperanza y a pesar de la sugerencia del guía de seguir hacia El Sauz, donde la planicie permitía avanzar rápido y seguro, el capitán dispuso seguir hacia Cotija.
Cotija estaba a la vista con sus luces vacilantes y los relámpagos en el horizonte que anunciaban tormenta. La avanzada no regresaba y el capitán decidió esperar organizando la vigilancia cuando empezó a caer una fría llovizna. Un disparo los previno del ataque, pero en la oscuridad, la confusión hacía estragos en la tropa. A contraluz, se alcanzaba a distinguir la vestimenta blanca de los cristeros que gritaban vivas a la Virgen de Guadalupe y a Cristo Rey cuando se arrojaban frenéticamente a luchar cuerpo a cuerpo contra el Ejército. Luego nada. Un silencio de muerte y soledad, de vacilaciones y dudas, interrumpidos solamente por los truenos y el aguacero que se empecinaba en lavar la sangre de la tierra. La voz del capitán se escuchaba lejana entre el retumbo de los truenos que con su luz serpentina proyectaba la sombra de los muertos.
Se reagruparon, cuantificando las pérdidas en torno de una lámpara de carburo. Cinco muertos, siete heridos, diez caballos perdidos, siete cristeros muertos y dos heridos. La avanzada regresó con dos cristeros que escapaban. Después de declarar que los padres Genaro y José María con una veintena de hombres habían ido a Jiquilpan a pagar y recoger las armas prometidas, los sobrevivientes fueron fusilados.
Por la madrugada levantaron el campamento y al despuntar el sol, la columna ya rodeaba el cerro Paredones, dejando atrás Tarimoro para organizarse cerca de El Fresno, acompañados nuevamente por la lluvia y el cielo cada vez más gris. Benjamín y sus hermanos se ofrecieron para espiar en Jiquilpan, pero el capitán intuyó un enfrentamiento y solamente permitió que el guía y dos soldados se acercaran a Jiquilpan para enterarse de que dos sacerdotes con más de treinta hombres regresaban a Cotija por El Capulín, al poniente de donde se encontraban. La lluvia se había convertido en una tormenta y cruzaron por el cerro hasta las inmediaciones de La Lagunita, donde prepararon el ataque.
Benjamín y sus dos hermanos, esperaban montados en sus caballos en medio del camino, entre los ranchos de La Puerta y El Capulín. Genaro y José María los reconocieron a pesar de la distancia y se acercaron con las armas en las manos. El agua de la lluvia mojaba hasta las monturas, a pesar de las mangas.
– ¿Qué tal, primos? ¿Vienen a unirse a la causa de Cristo Rey?
– Solamente los queremos a ustedes dos. Los demás, pueden irse.
– No me digan que están enojados por lo de sus hermanas. Para eso son las mujeres.
– Sí, pero no así, ni para los sacerdotes y menos si son familia.
– Si no se nos van a unir, apártense del camino o disparamos.
– Van a tener que disparar, a ver si son tan buenos como con las mujeres. El silbido de las balas era opacado por los gritos de ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Cristo Rey! El caballo de Benjamín levantó las dos manos y en el relincho evitó que las balas impactaran a su amo, que fue lanzado contra las rocas y el caballo cayó muerto a la mitad del sendero. La refriega no duró mucho. Los cristeros, sorprendidos, sintieron de cerca la muerte al verse rodeados y al perder la mitad de hombres, debieron rendirse. Benjamín reaccionó con el agua de la lluvia que mojaba su cabeza, protegida por una pequeña roca que lo había salvado de las balas enemigas. Al incorporarse, pudo ver a sus hermanos y sus primos heridos y a más de quince cristeros apretujados contra el talud del cerro Paredones. Diez mulas cargadas de armas y municiones esperaban impacientes.
– Tus hermanos están fuera de peligro. ¿Esos son tus primos, Benjamín?
– Sí, capitán.
– ¿Quieres hablar con ellos antes de ejecutarlos?
– Sí, señor. Benjamín se acercó, conteniendo la ira. Había recuperado su 30-30 y con el cañón movió los a Genaro y José María. Se vieron a los ojos y la mezcla de amargura y rencor se dibujó en la cara de Benjamín, pero no hubo reconciliación, ni lástima.
– ¿Por qué mis hermanas? ¿Por qué despojar a mi padre que tanto los ayudó?
– Porque ustedes lo tenían todo. Nosotros solamente éramos sacerdotes.
– Pero eso fue lo que escogieron. Estudiaron lo que les gustó.
– Fuimos obligados por las promesas de tus tíos. Era el gusto de nuestra madre. Benjamín solicitó formar parte del pelotón de fusilamiento. Disparó directamente al corazón de sus primos. Había dejado de llover y el cielo estaba despejado. Por entre los pinos, pasaban los rayos del sol, que radiante, iluminaba el camino cubierto de sangre y cuerpos vestidos de blanco esperando la rapiña. La columna militar entró a Jiquilpan, cargando su pasado y sus heridos.
Al terminar la lucha, Benjamín fue ascendido a sargento primero, condecorado y pensionado. Nunca olvidó y jamás perdonó. No le habían dado motivos para hacerlo.
