Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 5/6


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Ya no era Cárdenas Presidente del Ejecutivo Federal de la República Mexicana y se retiró a su casa de Jiquilpan. Pasaron unos años –tres exactamente-, y un grupo de revolucionarios del Estado de Michoacán, decidió hacerle una visita de cortesía, por sí acaso. Todos llevaban pistola. Al pasar frente a un destacamento de tropas federal, los desarmaron. Llegaron a Jiquilpan indignados por haberles quitado la pistola. Fueron recibidos por el ex Presidente, y ya entrada la conversación, le pidieron intercediera para que les fuera devuelta el arma. Cárdenas se excusó y les dijo:
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Cuando Cárdenas dejó la Presidencia de la República, algunos amigos pensaron que el ex Presidente sería olvidado o que quizá se expatriaría, y no fueron pocos los que de él se olvidaron, aun después de haber recibido de su parte favores y honores. Pero al darse cuenta de que Cárdenas seguía siendo hombre de influencia, volvieron a cortejarle; él, que conoce bien a los hombres, no dio a ello mucha importancia, mas un verdadero amigo suyo y vecino de Jiquilpan, le interrogó:
Cárdenas miró a su amigo, y con sencillez le dijo:
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En una noche calurosa del estío tropical, a la vera de una hacienda o en la plaza Mayor de un pueblo, se cuelgan unos farolillos, se enraman las paredes y de todos los contornos al lugar del jolgorio, llegan las más delicadas y olorosas flores. Fiesta delirante, bulliciosa, estruendosamente alegre, pues no suele ocurrir a menudo que el Presidente de la República escuche a los músicos del lugar y honre con su presencia una fiestecita campestre. Los mozos, al compás o no de la música, se alejan de la luz artificial y buscan el mudo testimonio de las estrellas, y también evitan el blanco resplandor de la luna. Las señoras, casadas o viudas, y las señoritas, rodean a don Lázaro, unas con desenfado y otras con cierta timidez, pero todas le sonríen, porque todas arden en deseos de echar unas vueltecitas con él. Don Lázaro se hace el desentendido, hasta que ve a la muchacha más fea o más humilde vestir y de groseras facciones, don Lázaro baila. El Presidente, con su gesto, no sólo repara una falta de la naturaleza o del engranaje social, sino que enaltece, anima, consuela a la pobre muchacha que momentos antes languidecía en un rincón, dispuesta a ver la fiesta, pero no a bailar. Si no esperaba bailar con ningún mozo del pueblo, ni en sueños cabía imaginarse que sería la pareja del señor Presidente de la República. Y así, con sencillez y donaire, no sólo eleva la fantasía de las personas faltas de ilusiones, sino que, aquellas pobres mocitas del pueblo que malviven sirviendo a un prójimo a menudo de trato inhumano, al día siguiente son más respetadas y mejor vistas. Este hecho, que a muchos pusilánimes podrá parecer intrascendente, o a lo sumo un gesto de hidalguía, es, en realidad, una acción de gran hondura social. Porque don Lázaro es persona muy voluntariosa para los pobres y gente trabajadora.
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Su modestia se refleja en muchos hechos, pero uno que dará cabal idea al lector de cómo es, quedará explicado en pocas palabras: en septiembre de 1946, al ex Presidente de la República, general Lázaro Cárdenas, aceptó desempeñar el modesto cargo de delegado forestal en el Estado de Michoacán, a fin de evitar la tala inmoderada de bosques.
