Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 5/6

 Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río  5/6

Miguel Ángel Martínez Ruiz

Ya no era Cárdenas Presidente del Ejecutivo Federal de la República Mexicana y se retiró a su casa de Jiquilpan. Pasaron unos años –tres exactamente-, y un grupo de revolucionarios del Estado de Michoacán, decidió hacerle una visita de cortesía, por acaso. Todos llevaban pistola. Al pasar frente a un destacamento de tropas federal, los desarmaron. Llegaron a Jiquilpan indignados por haberles quitado la pistola. Fueron recibidos por el ex Presidente, y ya entrada la conversación, le pidieron intercediera para que les fuera devuelta el arma. Cárdenas se excusó y les dijo:

Yo creo, señores, que el país goza de completa tranquilidad. Particularmente esta región es un oasis; nadie turba la paz, descontando los temblores del Paricutín.  A mi juicio, pues, toda persona que no esté en el servicio militar o en el cuerpo de la policía y lleva pistola, es un presunto asesino. Ustedes se lamentan de que los soldados recojan las armas; yo lo celebro y considero que el hacerlo es labor altamente patriótica. Entiendo que el deber de ustedes es el de colaborar con las autoridades para llegar al total desarme de los particulares, que para nada bueno necesitan llevar pistola. No olviden que el revolucionario, en la etapa constructiva de nuestra Revolución, ha de ser hombre firme y recio como un tronco nudoso, y que el arma que invariablemente habrá de usar será el ideal, que no admite la veleidad y rechaza el temor.

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Cuando Cárdenas dejó la Presidencia de la República, algunos amigos pensaron que el ex Presidente sería olvidado o que quizá se expatriaría, y no fueron pocos los que de él se olvidaron, aun después de haber recibido de su parte favores y honores. Pero al darse cuenta de que Cárdenas seguía siendo hombre de influencia, volvieron a cortejarle; él, que conoce bien a los hombres, no dio a ello mucha importancia, mas un verdadero amigo suyo y vecino de Jiquilpan, le interrogó:

Pero Lázaro, ¿Cómo es posible que tú, conocedor de la vida, hayas perdonado, y no sólo eso, sino hasta proporcionado nuevamente tu ayuda a esa gente tan desagradecida como indigna?

Cárdenas miró a su amigo, y con sencillez le dijo:

Los verdaderos amigos, en la desgracia o en la opulencia, siempre son amigos. En cuanto a los enemigos, hay que darles la oportunidad de rectificarse, atrayéndoles. A los que, ellos sabrán por qué, dejaron de ser amigos en determinadas circunstancias, se les debe perdonar y hasta tenerles lástima. Algunas veces, cuando lo necesitan, se les puede servir. Esto no indica que se les  haya  recobrado la estimación y la confianza. Porque, además, considero que al hombre no se le corrige mostrándole cruelmente su mal proceder.

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En una noche calurosa del estío tropical, a la vera de una hacienda o en la plaza Mayor de un pueblo, se cuelgan unos farolillos, se enraman las paredes y de todos los contornos al lugar del jolgorio, llegan las más delicadas y olorosas flores. Fiesta delirante, bulliciosa, estruendosamente alegre, pues no suele ocurrir a menudo que el Presidente de la República escuche a los músicos del lugar y honre con su presencia una fiestecita campestre. Los mozos, al compás o no de la música, se alejan de la luz artificial y buscan el mudo testimonio de las estrellas, y también evitan el blanco resplandor de la luna. Las señoras, casadas o viudas, y las señoritas, rodean a don Lázaro, unas con desenfado y otras con cierta timidez, pero todas le sonríen, porque todas arden en deseos de echar unas vueltecitas con él. Don Lázaro se hace el desentendido, hasta que ve a la muchacha más fea o más humilde vestir y de groseras facciones, don Lázaro baila. El Presidente, con su gesto, no sólo repara  una falta de la naturaleza o del engranaje social, sino que enaltece, anima, consuela a la pobre muchacha que momentos antes languidecía en un rincón, dispuesta a ver la fiesta, pero no a bailar. Si no esperaba bailar con ningún mozo del pueblo, ni en sueños cabía imaginarse que sería la pareja del señor Presidente de la República. Y así, con sencillez y donaire, no sólo eleva la fantasía de las personas faltas de ilusiones, sino que, aquellas pobres mocitas del pueblo que malviven sirviendo a un prójimo a menudo de trato inhumano, al día siguiente son más respetadas y mejor vistas. Este hecho, que a muchos pusilánimes podrá parecer intrascendente, o a lo sumo un gesto de hidalguía, es, en realidad, una acción de gran hondura social. Porque don Lázaro es persona muy voluntariosa para los pobres y gente trabajadora.

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Su modestia se refleja en muchos hechos, pero uno que dará cabal idea al lector de cómo es, quedará explicado en pocas palabras: en septiembre de 1946, al ex Presidente de la República, general Lázaro Cárdenas, aceptó desempeñar el modesto cargo de delegado forestal en el Estado de Michoacán, a fin de evitar la tala inmoderada de bosques.

Isauro Gutierrez

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