Morena: la estafa


Leopoldo González
Desde antes de nacer, y luego de su triunfo electoral en 2018, Morena se ha presentado a los mexicanos como una institución con todos los atributos de la pureza, como símbolo de congruencia y la mejor y más limpia expresión de la vida democrática en el país.
Incluso, en sus desplantes verbales más entusiastas podía adivinarse que Morena era, o parecía ser, ¡la pura verdad!
Unos con visión candorosa, otros con ignorancia y la mayoría víctimas de fanatismo, muchos llegaron a creer que era “ahora o nunca” el cambio del “todo nuevo” anunciado por ese partido y la esperada “regeneración nacional” para el país.
Con el tiempo que ha transcurrido, millones ya entendieron que de lo que se trata -con AMLO a la cabeza- es de un cambio del “todo viejo” y de una “degeneración nacional”.
Un botón de muestra, explicado y desmenuzado en partes, podría permitir que se entienda con toda claridad por qué Morena no es lo que decía ser, sino una estafa para el sistema de partidos y la democracia en México.
La legislación electoral prescribía y los estatutos de Morena advertían que diciembre de 2020 era el mes indicado para registrar alianzas y elegir o designar candidatos a las gubernaturas de quince estados de la República.
Fue ahí, al designar a trasmano, al escoger en las sombras o al imponer candidatos por vías no transparentes, no legales, no honestas y tampoco democráticas, donde el cielo se le vino encima al partido del presidente de la República.
La encuesta madre que prevé el estatuto de Morena para escoger candidatos a las gubernaturas de los estados, en principio debería ser real y ajena al “manoseo” de grupos de presión y de poder; segundo, contener una metodología realmente científica a prueba de filias, fobias, ácidos y sospechosismos; tercero, corresponder a un diseño muestral de vitrina de cristal en el que no haya “dados cargados”; cuarto, ser levantada por una casa encuestadora con registro ante el INE, independiente y prestigiada, y no por una firma escogida o montada a modo por el presidente del CEN de ese partido; y claro, una encuesta cuyos resultados sean vinculantes y acatables por las partes.
Nada de esto ha observado Morena al nombrar a sus candidatos a las gubernaturas, en parte porque no es un partido institucional, ni serio, ni congruente, ni democrático, debido a que sirve a los intereses de la camarilla burocrática que ha secuestrado su vida interna para agrandar su poder económico y político. ¡Qué lamentable que esto no lo vean -por ceguera y fanatismo- muchos morenistas!
De tal modo es esto cierto, que al enredo y tiradero que trae Morena en todo el país han contribuido el propio Mario Delgado, la Comisión Nacional de Elecciones y la Comisión de Encuestas de ese partido, que ahora enfrentan la cólera de sus bases en buena parte del país y la rebeldía de quienes creían tener la candidatura en sus manos.
La nominación de candidatos a las gubernaturas de Nuevo León, Sinaloa, Nayarit, Sonora y otros estados, no sólo ha profundizado las divisiones internas en Morena y debilitado a sus candidatos, sino que ha colocado a la alianza “Va por México” a la cabeza de las preferencias electorales, como es el caso de Sonora, donde Ernesto Gándara tiene 11 puntos arriba, sobre el morenista Alfonso Durazo.
La coordenada geográfica que incluye Colima, Michoacán y Guerrero, es para Morena tal vez la más difícil, no sólo porque en Colima le renunció Claudia Valeria Yáñez Centeno y Cabrera y en Guerrero se quedó sin candidatura Pablo Amílcar Sandoval, sino porque en Michoacán el deslinde crítico de Cristóbal Arias Solís producirá, muy seguramente, un reacomodo de fuerzas que no beneficiará a Morena.
Las lecciones democráticas de todo esto son varias y abarcan, por igual, tanto a los que mueve el fanatismo en seguimiento de un ídolo de barro como a los que mueve la pasión.
Un partido en el que no mandan la decencia ni los sistemas normativos internos, sino el capricho de un caudillo mesiánico o de un dirigente, es una causa perdida para la democracia.
Un partido sin militantes críticos y bases dignas, que sólo esperan la decisión vertical para alinearse o la señal para rendir pleitesía a quien no vale la pena, son el redil de ovejas en el que puede florecer el peor de los autoritarismos.
Los que deveras tengan dignidad en esa causa y hayan sido educados en el verdadero pensamiento crítico, aún están a tiempo de rectificar.
Pisapapeles
Nunca fue más cierto que ahora, lo que escribió Octavio Paz: “Los disidentes son la nobleza y el honor de nuestro tiempo”.
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