Liberales vs. Conservadores

 Liberales vs. Conservadores

Isauro Gutiérrez Hernández

 

Al iniciar el siglo XX, las condiciones de vida en México eran sumamente difíciles, con una alta concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Eran pocos los muy ricos, mientras las grandes mayorías apenas sobrevivían con sueldos de hambre.

A principios del siglo XXI, las condiciones de vida en México son sumamente difíciles, con una alta concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Son pocos los muy ricos, mientras las grandes mayorías apenas sobrevivían con sueldos de hambre. Tenemos el orgullo de que varios mexicanos figuran entre los grandes millonarios del mundo. Figuras como la de Carlos Slim se agigantan en el ámbito internacional, mientras el pueblo se debate en la pobreza extrema.

Al iniciar el siglo XX, los trabajadores cobraban sus salarios en las tiendas de raya, donde la gran mayoría quedaba siempre a deber, comprometiendo su trabajo futuro por cantidades que rebasaban sus ingresos probables durante el próximo año y de esta manera perdían toda esperanza de ascender en la clase social.

En este siglo los trabajadores cobran sus salarios en los bancos, donde la gran mayoría queda siempre a deber, comprometiendo su trabajo futuro por cantidades que rebasaban sus ingresos probables durante el próximo año y de esta manera pierden toda esperanza de ascender en la clase social.

Al iniciar el siglo XX, la educación era un artículo inaccesible para las grandes mayorías; sólo algunos cuantos privilegiados tenían recursos para enviar a sus hijos a las escuelas privadas, de tal manera que el analfabetismo y la ignorancia eran aprovechados por la clase en el poder, para seguir explotando a su antojo el trabajo de la grandes mayorías.

En este siglo la educación de calidad es un artículo inaccesible para las grandes mayorías; que se tienen qué conformar con enviar a sus hijos a escuelas oficiales, donde los profesores asisten poco, porque están ocupados en paros, plantones, marchas y otras actividades alejadas de las aulas; sólo algunos cuantos privilegiados tienen recursos para enviar a sus hijos a las escuelas privadas, de tal manera que el analfabetismo funcional y la ignorancia son aprovechados por la clase en el poder, para seguir explotando a su antojo el trabajo de la grandes mayorías.

Al iniciar el siglo XX, los integrantes del Partido Liberal Mexicano impulsados por los hermanos Flores Magón ya participaban en reuniones para planear el estallido de una revolución que derrocara al dictador Porfirio Díaz, quien, curiosamente, también habría pertenecido a grupos liberales en la época de Benito Juárez, cuando Díaz era uno de los militares liberales que apoyaron con ahínco la Reforma Constitucional.

“Al mismo tiempo que comienzan los trabajos de organización del Partido Liberal Mexicano en 1905 de manera pública, inicia la organización clandestina de una rebelión armada que consiga derrocar por la fuerza el régimen dictatorial de Porfirio Díaz. El 1 de junio de 1906 una huelga de mineros, promovida por el PLM en Cananea, Sonora, fue reprimida violentamente por el gobierno de Díaz e incluso por rangers de Arizona solicitados por el cónsul norteamericano. El 1 de julio fue difundido ampliamente el Programa del Partido Liberal Mexicano redactado en Saint Louis, Missouri.” (1)

El 20 de noviembre se produjo la insurrección de Francisco Villa y Pascual Orozco en Chihuahua, pronto secundada en Puebla, Coahuila y Durango. En enero de 1911 los hermanos Flores Magón se alzaron en la Baja California y los hermanos Figueroa en Guerrero. (2)

La realidad actual en México parece más desesperante que hace cien años. La influencia del modo de vida norteamericana ha hecho desaparecer a la clase media, convertida ahora en una masa constituida por empleados que tienen tarjetas de crédito, pero que están endeudados con las instituciones bancarias, a donde van a parar la mayor parte de sus ingresos.

En la otra parte, la de los obreros y campesinos resulta todavía más difícil, con un salario mínimo que oscila en los 100 pesos diarios, cantidad suficiente para comprar frijoles y tortillas con chile, no dan para más, de tal manera que se debaten en la extrema pobreza, moderno término para definir la miseria.

No se vislumbra en el horizonte algo que pueda cambiar las cosas. Después de la Revolución y a cien años de su triunfo, los mexicanos hemos sido gobernados por una clase disfrazada de política. En realidad, siempre han estado en el poder los dueños del dinero.

Durante los 70 años de gobierno priísta, eran los ricos los que mandaban. Se requería el apoyo de los grandes capitales para acceder a posiciones importantes de poder y a final de cuentas, ellos eran los que dictaban las políticas económicas. Al inicio del siglo XXI, esa misma clase económica, decidió salir al frente y proceder al abordaje del poder político de manera directa.

Muchos mexicanos cayeron en el garlito del cambio, pero casi nadie se dio cuenta que esa clase gobernante, ubicada detrás de la silla presidencial, lo único que había hecho era sacar a cabeza y asumir la posición de gobierno.

El último presidente liberal fue Lázaro Cárdenas, quien tuvo el mérito de impedir el acotamiento que de él pretendían hacer los representantes del poder económico y pudo, a pesar de todo, implantar acciones para hacer realidad el reparto agrario, fin último de la lucha armada revolucionaria.

Pero a partir de él, todos los gobernantes estuvieron conducidos por esa clase política escondida a la que Carlos Salinas llamó “La Nomenclatura” y que, con el poder absoluto, con la fuerza del dinero y el argumento de la política, sojuzgaron a un pueblo mexicano adormilado por el sueño americano.

La lucha entre liberales y conservadores continúa hasta nuestros días. Hay un gobierno sedicente liberal, que en el primer semestre ha tomado decisiones desconcertantes en materia macroeconómica que nos tienen al borde de la recesión, pero que ofrece que las cosas van a cambiar muy pronto y lograremos el anhelado desarrollo económico.

La clase empresarial, sumida en la incertidumbre, se mantiene a la expectativa sin mayores esfuerzos de inversión, mientras que los inversores internacionales hacen lo propio ante la falta de credibilidad en un estado que tiró a la basura lo invertido en el proyecto del aeropuerto de Texcoco.

Los liberales de la época, se conforman con gritar consignas jacobinas en los aniversarios de Juárez y Melchor Ocampo, para luego sumirse en el ostracismo y la inactividad política.

No parece haber esperanzas de un cambio verdadero.

A continuación, uno de tres artículos publicados en 1908 por Ricardo Flores Magón, con el seudónimo de Netzahualpilli, referidos a la huelga de Cananea ocurrida poco antes. (3)

¡Cananea! 1° de junio de 1906!.-  La sola evocación de ese nombre y de esa fecha, hace que manos trémulas por la indignación busquen impacientes el fusil, para apuntarlo contra un gobierno de asesinos y traidores. ¡Cananea! ¿Quién ignora lo que ocurrió en Cananea el 1° de junio de 1906?

Los mineros trabajaban todo el día, y no era un trabajo humano aquél: era un trabajo de bestia de carga. Los riñones sudaban sangre; los pulmones, fatigados, se hinchaban hasta querer romper el tórax. Era necesario llenar una carretilla y luego otra y otra más. Había que llenar cien, había que llenar mil. En la penumbra, el pico caía con cólera sobre la roca desgajada por el barreno; la pala hendía su hoja en el rico cascajo y llenaba una carretilla, llenaba cien, llenaba mil, sin descanso, sin tregua. Los mineros sudaban en las entrañas de la tierra, sepultados en vida; pero menos felices que los muertos, tenían que trabajar, que trabajar duro como presidiario, para que sus amos se embriagasen con champaña y arrastrasen su ocio en ricos automóviles.

Molidos, derrengados, jadeantes, alcanzado el maximum de resistencia, llegado al límite de que el músculo se sustrae al imperio de la voluntad, salían aquellos hombres de su sepultura, tardo el paso, colgantes los nobles brazos, caída sobre el pecho la abrumada cabeza, pisando con rabia la tierra dura y cruel.

En sus hogares los esperaba la tristeza, a ellos que venían de las tinieblas, a ellos que venían de un infierno. Los niños, sin abrigos, tiritaban de frío y pedían pan. La compañera, abnegada, tiritaba también. Todo lo que tenía algún valor había ido a parar a la casa del gachupín. En la tienda de la compañía todo costaba el doble, el triple y aun el cuádruple de los precios corrientes en el mercado y a esa tienda era preciso ir a comprarlo todo.

Había miseria, había hambre, había duelo en los hogares de esa gente laboriosa y honrada. Había lujo, había derroche, había alegría desenfrenada y loca en los hogares de los amos, de los que no habían tocado una pala, de los que ignoraban cómo se maneja el pico, de los que no sudaban cargando el negro mineral, de los que no sabían hacer otra cosa que beber buenos vinos, manchar hermosas mujeres, habitar regios palacios y tender sus inútiles cuerpos en lechos de príncipe.

No era posible sufrir más aquello. Era indudable que sobre los mineros pesaba una monstruosa injusticia. Ellos trabajaban, sudaban, se consumían de fatiga y a duras penas conseguían para comer y alimentar a sus familias, mientras los amos sin trabajar, sin sudar, vivían en la opulencia, las apesadumbra-das cabezas comenzaron a pensar. Los periódicos del pueblo eran leídos con avidez y pasaban de mano en mano dejando en los corazones consuelo y fuerza y esperanza.

Por ellos se sabía que todos tenían derecho a la felicidad. Las doloridas cabezas que antes necesitaban el alcohol de las vinaterías para soñar, ahora buscaban el sueño en las líneas apretadas de la prensa libre. Se operaba una reacción saludable. La resignación huía de aquellos campos al soplo de la prensa rebelde. Ya no salían de las minas después del trabajo las criaturas taciturnas de brazos caídos y tardo caminar. Las cabezas se erguían altivas sobre los hombros poderosos y los rostros irradiaban una luz fuerte y sana, la del entusiasmo. ¡Oh, magia de la prensa!

Las cabezas pensaban. Era necesario trabajar menos: ocho horas a lo sumo, y ganar más: cinco pesos por las ocho horas, cuando menos. La pretensión era modesta, era humilde si se tiene en cuenta que el trabajo de cada hombre producía de veinticinco a treinta pesos diarios a los holgazanes amos.

Después de pensarlo bien, los esclavos decidieron pedir cinco pesos diarios y ocho horas de trabajo. El amo oyó la petición, tosió, escupió, se encogió de hombros y dijo: “sólo el gobierno puede resolver sobre este asunto”.

El gobierno ha ordenado a los capitalistas que no paguen buenos salarios al trabajador mexicano, porque el bienestar dignifica y ennoblece al hombre, y un pueblo de hombres dignos no soporta tiranías.

Se declaró la huelga. Nadie volvería a entrar a las minas a trabajar, ya que las familias de los trabajadores se pudrían en la miseria para que engordasen y gozasen de la vida las familias de los que no sudaban. Seis mil hombres dejaron caer la herramienta, animados por la esperanza de que arrepentidos los amos atenderían sus reclamaciones. Vana esperanza. Los amos armaron a sus lacayos y asesinaron al pueblo. El gobierno, por su parte, mandó soldados a que hicieran lo mismo, y cobarde y traidor, toleró que forajidos extranjeros violasen las leyes de neutralidad[1] para ir a exterminar a los mineros mexicanos.

La sangre proletaria, la misma generosa sangre que ennobleció con su púrpura los baluartes de Cuautla, las arenas del Puente de Calderón y los muros de la Alhóndiga de Granaditas; la brava sangre que bebió sedienta la ingrata tierra de Churubusco y Molino del Rey; la sangre insigne que en Calpulalpan se desposó con la gloria y en Puebla se hizo inmortal; la noble sangre de la plebe que libró a México de las garras del león de Castilla y del águila flordelisada de las Tullerías; la sangre heroica que se atrevió a oponerse al empuje arrollador de la rubia águila de Washington; esa sangre generosa, brava, insigne, noble, heroica, salpicó sin gloria los guijarros de Cananea derramada por alevosos asesinos.

¿Qué espantoso crimen habían cometido los mineros para ser cazados como bestias salvajes?

Un crimen realmente y muy grande, un monstruoso crimen: el de reclamar su derecho con las manos vacías. Ese es el crimen de los pueblos sometidos y esclavos. Ese es el crimen que expía el pueblo mexicano desde hace más de treinta años.

Los derechos no se reclaman cruzándose de brazos, sino con el hierro y con el fuego. Ármense los obreros y reclamen sus derechos, sólo así se conquista la libertad y el bienestar.

 

Netzahualpilli

Libertad y Trabajo, Los Angeles, California, EUA,

núm. 3, 30 de mayo de 1908

 

 

(1) Bustillos Sandra. La Revolución Mexicana en Ciudad Juárez

(2). http://www.laprensa-sandiego.org/archieve/november21-03/gesta.htm

(3) http://www.fte-energia.org/E80/e80-17.html

 

 

Isauro Gutierrez

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