Crónicas de un grito VI

 Crónicas de un grito VI

Cuauhtémoc López Sánchez

La vida en Europa continuaba en convulsión, porque el poderío militar y cultural francés con su pensamiento liberal que se hacían notar y su influencia en España, se tradujeron en cambios para modificar la monarquía el año de 1812, con la reunión de las Cortes de Cádiz que culminaron con la promulgación de la Constitución.

En Cádiz, Miguel Ramos Arizpe y José Mariano Michelena, de entre los 15 diputados que representaron a la Nueva España, de los cuales solamente pudieron asistir 7 u 8 por las condiciones de la Metrópoli, propusieron la igualdad de trato a los habitantes de las colonias de ultramar que el que se les daba a los peninsulares, pero debido a la intransigencia de los diputados españoles que presumían de liberales, poco lograron.

Apenas el reconocimiento de los habitantes de las colonias americanas españolas de ser ciudadanos españoles siempre y cuando cubrieran los requisitos de saber leer y escribir, tener una profesión y percibir un salario suficiente. Pocos habitantes de Nueva España cumplían esos requisitos.

Una de las propuestas aceptadas, aunque a regañadientes, fue que hubiese libertad de pensamiento y que se aboliera el Tribunal del Santo Oficio. La importancia de la Constitución de Cádiz fue que sirvió de modelo para los diputados que conformaron el Congreso de Chilpancingo.

El foco de atención de las fuerzas realistas eran las cabezas visibles del movimiento y cuando logró detenerlos y fusilarlos todos, y entre ellos Calleja, creyeron que todo había terminado, pero precisamente esa actividad centrada en la persecución y captura de los caudillos, dio tiempo a Ramón López Rayón en Zamora, a Manuel Muñiz en Pátzcuaro, a Valdespino en La Piedad, a Ramos en La Barca para promover y mantener la lucha, pero sobre todo a José Ma. Morelos y Pavón de llevar a cabo las instrucciones que Miguel Hidalgo le transmitiera en Indaparapeo en octubre de 1810, cuando Morelos, pretendiendo ingresar al ejército libertador como capellán, lo que había obtenido era el grado de general de las fuerzas insurgentes del sur y la orden expresa de tomar Acapulco.

Morelos, sin prisas por enfrentar a los realistas, fue reclutando y preparando a sus tropas, disciplinándolas, convenciéndolas de la importancia de luchar por la independencia y la libertad. A finales de 1810 ya contaba con un ejército de nueve mil hombres entrenados y armados, que lo aceptaba como su jefe, su general, como el líder que el  movimiento  libertador  necesitaba. Había iniciado su aventura sureña con menos de veinte hombres y a la vuelta de un año contaba entre sus tropas con gente como Mariano Matamoros, Vicente Guerrero, la familia Galeana, con Hermenegildo, Juan, Fermín, Juan José y su hijo Pablo, quienes se unieron a Morelos aportando su ahora famoso cañón El niño.  

José María Teclo Morelos Pérez Pavón nació en Valladolid, el 30 de septiembre de 1765. Sus padres fueron Manuel Morelos, carpintero de raíces indígenas y Juana María Pérez Pavón, criolla, hija de un maestro de escuela. Muy pequeño quedó en la orfandad y tuvo que empezar a trabajar en la agricultura en la hacienda de Tahuejo, en las cercanías de Apatzingán al amparo de su tío Felipe y ya mayor, en la arriería, que lo pusieron en contacto con la naturaleza y las necesidades e inquietudes de la gente más desprotegida de la Nueva España. Había aprendido a leer y escribir con su madre, que era maestra de primeras letras y en sus recorridos como arriero procuraba leer todo lo que estuviera a su alcance, lecturas que lo llevaron a ingresar al Colegio de San Nicolás en 1790, a la edad de veinticinco años, para estudiar Humanidades, siendo uno de sus maestros don Miguel Hidalgo.

Prosiguió sus estudios de Artes en el Seminario de San Pedro, pero debió trasladarse a la Capital, para obtener el grado de bachiller y regresar a Valladolid y continuar estudiando Teología Moral y Escolástica en el Seminario Tridentino. Apurado por las necesidades económicas, aceptó ejercer su oficio de diácono en Uruapan y aunque en 1797 logró ordenarse, tras repetidos intentos, por fin logró obtener un curato en Churumuco. La muerte de su madre lo llenó de tristeza y tardó en recuperarse, pero se le ordenó ir a Carácuaro como cura y juez eclesiástico.

En Carácuaro se enteró del levantamiento insurgente encabezado por su maestro y se preparó para encontrarse con él en Valladolid y al no encontrarlo ahí, decidió alcanzarlo en las inmediaciones de Indaparapeo y Charo. Después de recibir las órdenes de Hidalgo y de regreso a Carácuaro, Morelos empezó a prepararse para la lucha. Rompió la publicación del decreto de excomunión de su maestro y con un incipiente ejército, compuesto por 16 indígenas, arribó a Nocupétaro donde su contingente ascendía ya a “294 hombres de a píe y 50 de a caballo”, como le escribió a Francisco Díaz de Velasco. Nueve meses le bastaron para adueñarse del sur y solamente le faltaba Acapulco, una importante entrada económica pero mejor salida al mar.

Morelos salió de Carácuaro rumbo a Zacatula, donde se le unió Marcos Martínez con cincuenta hombres armados, llegando a Petatlán y debido a que el jefe de la defensa, Valdeolivar se encontraba en México, la guarnición no le presentó batalla, uniéndosele más de cien soldados armados y adueñándose del arsenal, se preparó para sitiar Tecpan, donde el realista Fuentes intentó enfrentarlo, pero al ser abandonado por sus tropas que se pasaron a las filas insurgentes, prefirió huir hacia Acapulco. En Tecpan se le unieron los Galeana, Hermenegildo, Juan, Fermín, Pedro, Juan José y su hijo Pablo más otros doscientos hombres.

Las siguientes poblaciones, Zanjón y Coyuca, no presentaron resistencia y se aprestó para tomar Acapulco, haciendo campamento en El Aguacatillo al mando de más de tres mil hombres, de los que destacó setecientos en el cerro El Veladero,  bajo las órdenes de Cortés y Valdovinos.

Las tácticas novedosas de lucha, formando grupos relativamente pequeños que le permitían una gran movilidad para incursionar en Chilapa, Chilpancingo y los caminos que comunicaban hacia Oaxaca, empezaron a inquietar a las autoridades virreinales cuando escuchaban el nombre de Morelos, al grado de que el virrey comenzó a solicitar ayuda de la metrópoli y urgió a Calleja terminar con su campaña en el norte para que fuera contra Morelos.

La noticia de la retirada de los insurgentes en el monte de Las Cruces, el 2 de noviembre, animó a los realistas en el sur y el 13 de noviembre de 1810, por órdenes del gobernador Carreño, Luis Calatayud atacó El Veladero con cuatrocientos hombres, pero ambos ejércitos, después de una breve refriega, se retiraron, solamente que los insurgentes regresaron al campo para hacerse de las armas abandonadas por el enemigo.

En el sur se enteraron de la retirada de Hidalgo hacia el norte y aunque no entendían lo que sucedía, continuaron luchando, porque la campaña de Morelos era exitosa y  había llegado a oídos del virrey Venegas, que no pudiendo enviar contra él a su mejor hombre, tuvo que recurrir a la brigada de Oaxaca al mando de Francisco Páris que apoyado por el comandante José Sánchez Pareja se dirigieron a Acapulco y se enfrentaron el 1 de diciembre en San Marcos, donde los insurgentes, a las órdenes de Valdovinos, fueron derrotados y dispersados, por lo que se animaron a atacar a Morelos en El Aguacatillo con la intención de romper el cerco  sobre Acapulco y Páris y Sánchez Pareja se encontraron con que El Aguacatillo estaba abandonado porque Morelos se había fortificado en El Veladero y se retiraron a La Sabana.

El 13 de diciembre, Miguel de Ávila trabó combate con los realistas de Páris y Sánchez Pareja en La Sabana, recuperando la plaza y dispersándolos. Páris se retiró a Tres Palos y Sánchez Pareja se fortificó en Cuauhlotes.    

Para 1811, la campaña de Morelos  inició con la firme intención de adueñarse de Acapulco y el  4 de enero, mientras que Ávila se apoderaba de Tres Palos, con la complicidad del capitán realista Tabares quien se unió a las fuerzas rebeldes, haciendo huir a Páris hacia Acapulco, Morelos, mediante el pago de $ 300.00 convenció a José Gago de que a una señal convenida, le abriera las puertas de la fortaleza de San Diego. Morelos sospechaba que Gago no iba a cumplir y el 8 de febrero se presentó para apoderarse del fuerte, pero la guarnición española informada por Gago y reforzada con cañones de siete embarcaciones, hizo retroceder a los insurgentes que se retiraron a La Sabana, por lo que Morelos se propuso reforzar el cerco sobre el puerto en sus rutas principales: La Sabana, Las Cruces, El Marqués y La Cuesta y  Acapulco quedó sitiado.

A finales de enero, cuando en el sur se enteraron de la derrota de Hidalgo y Allende en el Puente de Calderón y la retirada hacia el norte, Morelos comprendió la necesidad de adueñarse de Acapulco y propagar el movimiento al sureste.

El virrey designó al teniente coronel José Antonio Andrade para combatir a Morelos. Andrade coordinó los ejércitos realistas de la costa y se acuarteló en Iguala, donde se le unieron Mariano García con Ríos, que comisionó a Taxco, donde lo auxiliaba Agustín de Iturbide con el batallón de Tula y a José Ortiz de la Peña, para defender Teloloapan. Pero Andrade fue sustituido por Nicolás Cosío y después de varios enfrentamientos con victorias y derrotas para ambos ejércitos, la derrota de los realistas a manos de Hermenegildo Galeana el 4 de abril, disgustó tanto al virrey, que sustituyó en el mando a Cosío por Juan Antonio Fuentes.

Morelos enfermó a fines de febrero y para recuperarse, se trasladó a Tecpan, donde permaneció más de un mes, quedando al mando del ejército insurgente Hernández, que a los pocos días desertó, así que reunidos los oficiales, eligieron como jefe, en ausencia de Morelos, a Hermenegildo Galeana. La enfermedad de Morelos dio un mes de reposo a ambos ejércitos, pero a su regreso,  ya no descansaría porque toda la tierra caliente, incluida Cuernavaca, estaban en efervescencia.

Isauro Gutierrez

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