Averroes Ibn Rushd (1126 – 1198 d.C.)

 Averroes Ibn Rushd (1126 – 1198 d.C.)

Pablo Manuel Ramos Vallejo

 

“Hay más religión en la ciencia del hombre,

que ciencia en su religión”.

Henry David Thoreau

 

En el año 711, los ejércitos árabes y bereberes entraron en la península ibérica, y en menos de siete años casi todo el territorio llegó a estar bajo el dominio musulmán. No habían pasado dos siglos, cuando Córdoba se convirtió en la ciudad más culta y más grande (500,000 habitantes) de Europa y del mundo entero.

Majestuosa ciudad que fue asiento del califato, cuyos dirigentes gobernaron gran parte de la Península Ibérica. Córdoba está situada en territorio al-Ándaluz en una depresión a orillas del Guadalquivir y al pie de la Sierra Morena. Ciudad sede de la gran Mezquita, que llegó a ser un importante centro de peregrinación para los musulmanes, pues se afirmaba que en ella se conservaba el brazo de Mahoma.

Córdoba en el Siglo XII, contaba con una famosa universidad y una biblioteca pública que contenía unos 400.000 volúmenes. Había 27 escuelas gratuitas para enseñar a los niños pobres, y el nivel de alfabetización, era muy alto. Los jóvenes que pertenecían a la nobleza de los reinos católicos del norte de España recibían su educación en la corte mora. La ciudad estaba adornada con jardines, cascadas, lagos artificiales y mediante un acueducto, se suministraba agua dulce en abundancia a las fuentes y los baños públicos, de los que, según un cronista musulmán, había setecientos. Por toda la ciudad podían verse suntuosos palacios uno de los cuales, al-Zahra (Medina Azahara), a las afueras de Córdoba, requirió veinticinco años y el trabajo de 10.000 obreros para completarse. Córdoba, calificada como el Versalles de la Edad Media, sus ruinas testifican hoy, su anterior grandeza.

Pues bien, bajo ese solemne entorno, nace en Córdoba en el año 1126 (cuando al-Ándaluz estaba bajo dominio de los almorávides) el que fuera el más importante de los filósofos árabes de la Edad Media. El gran filósofo y médico hispanoárabe andalusí, maestro de filosofía y leyes islámicas, matemáticas, astronomía y medicina  Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, mejor conocido como Averroes. Descendiente de una familia árabe notable, influyente y muy distinguida de estudiosos del derecho. Su padre había sido cadí de Córdoba; su abuelo que murió el mismo año de su nacimiento y que llevaba el mismo nombre que él, Abu l-Walid Muhammad, había desempeñado este cargo durante largo tiempo y había sido luego una autoridad en derecho Malikita, siendo así, consejero de varios soberanos y príncipes.

Averroes, fue educado en su ciudad natal, y al proceder de una familia de magistrados, que condicionó en gran medida su formación cultural, profesional y académica, continuó la tradición jurídica de la familia que había jugado un papel importante en la historia política de al-Ándaluz. Por lo que, Averroes siendo muy joven, alcanza fama de gran jurisconsulto, popularidad apoyada en el libro Punto de partida del jurista supremo y de llegada del jurista medio. Averroes que hasta este momento no había salido de los programas ordinarios escolares de su tiempo, recibió una excelente formación coránica y adquirió una erudición enorme, que abarcaba todos los campos del saber, pues estudió al mismo tiempo: derecho, teología y materias literarias como la poesía; pero no paró ahí, pues se dio a conocer al mismo tiempo como un médico de gran valor. Habiendo estudiado medicina ni más ni menos que con el médico árabe Avenzoar, profesión ésta por la que fue más conocido. Además de medicina, estudió matemáticas y astronomía en el Almagesto, del que hizo un compendio. Destacando igualmente su profundo estudio en la filosofía, en la que le iniciaron, sobre todo, las obras de Ibn Bayya, el filósofo hispanoárabe, conocido en Europa con el nombre de Avempace. En esta ultima especialidad, su maestro fue Ibn Tufayl otro filósofo hispanoárabe conocido por la novela místico-filosófica Hayy ibn Yaqzan. De esta manera, Averroes se abocó a la lectura atenta de los principales exponentes filosóficos: Aristóteles, Avicena y el ya citado Avempace. Estudió también a Porfirio, Galeno, Ptolomeo y Platón. Averroes conoció, pues, todo lo conocido en su tiempo y en su ambiente, y a lo largo de su vida no dejó de profundizar, no sólo con nuevas lecturas, sino también con reflexiones y observaciones directas; tanto, que uno de sus biógrafos dice de él que desde la edad de la razón hasta su muerte no cesó de estudiar, salvo el día de su boda y el de la muerte de su padre.

Gozando así, Averroes de merecida fama en los albores de su madurez, el primer califa almohade ‘Abd al-Mumin le confió varias misiones; al igual que su sucesor el rey almohade Yusuf que lo tuvo en gran estima. El soberano Yusuf era entendido en filosofía y planteó problemas de esta disciplina a Averroes cuando le fue presentado hacia finales del año 1168 por su maestro en el quehacer filosófico y  médico entonces de la corte Ibn Tufayl. Al principio, Averroes se mostró reticente, porque conocía los riesgos de profesar la filosofía en un ambiente que tendía a identificarla con la herejía; pero cuando vio que el mismo califa planteaba un tema arriesgado, ya no vaciló y conquistó con su doctrina el ánimo de su interlocutor, quien le regaló una gran suma, un suntuoso abrigo de pieles y una bella cabalgadura. En 1169 A la edad de 43 años fue nombrado cadí de Sevilla;  a los 56 a la renuncia de Ibn Tufayl, pasó a ser médico de cámara de Yusuf que a la vez le confió, en España y en Marruecos, una serie de misiones, entre ellas la de comentar las obras de Aristóteles, tareas que culminaron en 1182 con el nombramiento de cadí de los cadíes de Córdoba, como anteriormente lo fueron su abuelo y su padre.

Bajo el reinado del sucesor de Yusuf, Yaqub al-Mansur, continuaron los honores; pero en 1195, con motivo de la reacción político-religiosa que condujo a al-Mansur a la cruzada contra los cristianos, a los que venció en Alarcos, y a raíz de las teorías filosóficas que enseñaba Averroes, sobre todo aquella en la que afirmaba: “los textos sagrados – el Corán, la Biblia,- son sólo relatos alegóricos para gentes incultas, igual que las religiones todas… sólo la filosofía puede llevar a la verdad”.  Razonamiento éste, de que la razón prima sobre la religión, le hizo perder el favor real, pues sus enemigos consiguieron hacerle caer en desgracia ante al-Mansur que, cediendo a las presiones e intolerancia de los teólogos y canonistas, que veían en las ciencias profanas, y sobre todo en la filosofía, un peligro para la religión, publicó un decreto contra los cultivadores de estas disciplinas confinando durante veintisiete meses en Lucena, arrabal situado a poca distancia de Córdoba, a su protegido, condenando a la vez sus libros filosóficos al fuego. Averroes sufrió el disgusto de ver cómo se quemaban parte de sus obras en la plaza pública de la mezquita por la plebe fanatizada, además de la humillación de verse expulsado, juntamente con su amigo Ibn Zuhr (Avenzohar) y otros representantes de la intelectualidad. Tres años después, volvió al favor del sultán que revocó sus edictos y volvió a llamarlo junto a sí, sin embargo  murió pocos meses después el 10 de diciembre de 1198 en Marrakesh. Su cadáver fue trasladado a Córdoba para enterrarlo en el panteón de su familia, en el cementerio de Ibn Abbas. Poéticamente se dice que Averroes murió de pena, de melancolía filosófica más exactamente. La melancolía filosófica, es una especie de depresión entre el pensamiento y la realidad. Una tristeza mortal que se produce al asomarse al abismo que separa la realidad pensada de la realidad vivida.

Pasando a comentar su legado intelectual, diremos que: aunque muchas de sus obras sobre metafísica y lógica, habían sido quemadas, la obra escrita de Averroes es extraordinaria y comprende obras filosóficas, teológicas, jurídicas, astronómicas, filológicas y médicas, que pasan del centenar.

En el campo filosófico, que es el objeto de este artículo, Averroes se alejó de las doctrinas de Avicena, que como analizamos en el capítulo anterior de esta columna, fue uno de los más prestigiosos pensadores musulmanes, podríamos decir que el único reconocido en aquella época. En este sentido, Averroes rompe con los elementos neoplatónicos que la exigencia de ciertos principios religiosos, habían hecho obligatoriamente necesarios para los pensadores islámicos anteriores, y, de este modo, diferencia y separa Filosofía y Teología por vez primera en la civilización islámica. Bajo este concepto Averroes escribió tres tipos de obras, que podríamos clasificar como:

  1. Grandes comentarios o comentarios literales sobre los textos de Aristóteles.
  2. Comentarios medianos, donde con un estilo más de su tiempo cita sólo las primeras palabras de los textos.
  3. Resúmenes y Epítomes, que son explicaciones aristotélicas breves, pero más personales, en las que critica a sus antecesores (a Avicena, por ejemplo).

Averroes impuso tal rigor en sus comentarios que no sólo le merecieron el sobrenombre de «el comentador» (de Aristóteles), sino que se impusieron entre los escolásticos latinos, entre ellos Tomás de Aquino, como modelo de comentario. Averroes pretendía con ello devolver a la filosofía aristotélica su pureza, que había sido opacada por interpretaciones cargadas de platonismo. Su fama, no obstante, se debe sobre todo a la manera como plantea la relación entre filosofía (según pensaban Aristóteles y los seguidores del neoplatonismo) y religión (como se refleja en la idea simplificada y alegórica de los libros de la revelación), y a su oposición a la reacción teológica protagonizada por Algazel, contra quien escribió Incoherencia de la incoherencia, conocida en latín como Destructio destructionum (Destrucción de la destrucción). Donde Averroes defiende la filosofía aristotélica frente a las afirmaciones de Algazel de que: “la filosofía estaría en contradicción con la religión y sería, por lo tanto, una afrenta a las enseñanzas del Islam”.

 

Averroes entiende que las mayores dificultades se producen cuando se hace participar de las discusiones filosóficas a personas incapaces de comprenderlas. Por lo que, según su tratado decisivo sobre el acuerdo entre filosofía y religión, sostiene que los hombres se dividen en tres clases:

  1. 1. La clase «retórica» de los incapaces de interpretar el texto sagrado y capaces sólo de entender la predicación.
  2. La clase de los «dialécticos», esto es, los capaces de argumentar lógicamente a partir de premisas sólo probables.
  3. La clase de los «filósofos», capaces de una auténtica interpretación a partir de demostraciones verdaderas.

De acuerdo a esta división, Averroes asevera que hay, por lo mismo, una sola verdad del texto sagrado, aunque accesible según dos sentidos: unos (los retóricos) acceden sólo a su sentido literal y manifiesto, mientras que las otras dos clases de hombres acceden a su sentido profundo y oculto. Los teólogos son los maestros de la fe, pero no añaden nada propio en su comprensión, y si divulgan el sentido oculto no causarán más que despropósitos. A esta aseveración Averroes añadía: “El Corán (libro revelado por Dios a Mahoma, equivalente a la Biblia judeo-cristiana) puede ser leído en su sentido simbólico y literal por los ignorantes y, al mismo tiempo, puede ser interpretado en su sentido profundo y oculto por los sabios. Cada quien debe interpretar el Corán según el tipo de hombre que es. Es un error y un peligro difundir las interpretaciones de los sabios entre los espíritus inferiores; ello sólo genera una mezcla lamentable de Oratoria, Dialéctica y Filosofía que lleva a la confusión y a la herejía. Hay que mantener, por tanto, la delimitación entre la Filosofía (ciencia de las verdades absolutas), la Teología (explicación dialéctica y verosímil) y la Religión (persuasión de los espíritus inferiores)”.

 

Estas ideas causaron revuelo y fueron interpretadas por los pensadores cristianos, que durante el Siglo XIII en las discusiones escolásticas las calificaron como “la teoría de la doble verdad”, porque según la cual dos afirmaciones contradictorias podrían ser ambas verdaderas, una para la razón y otra para la religión. Teorías que en realidad el filósofo cordobés no sostuvo, pues su misma doctrina le prohibía hacer nada que pudiese debilitar una fe necesaria para el orden social. Lo que sí sostuvo, al parecer, fue la tesis del «entendimiento separado», constituido tanto por el entendimiento agente como por el entendimiento pasivo. Ambos son independientes del individuo, no engendrados y únicos para toda la humanidad, y ninguno de ellos es forma sustancial del cuerpo; actúan de forma distinta en el acto de conocer o en la formación de conocimiento en el hombre: el entendimiento agente actúa como forma o acto que suscita el conocimiento de lo inteligible, y el paciente o material como capacidad o potencia de entender. Para Averroes, la ciencia o el conocimiento -que explica de forma muy compleja- es un proceso de adquisición (el «entendimiento adquirido»). Esta fusión del entendimiento agente con el paciente, a modo de materia y forma, es un proceso ideal en el que la adquisición completa del conocimiento, supone la pérdida de la propia individualidad y la ganancia de un yo común. A esta especie de alma o entendimiento universal se le llamó «monopsiquismo». El alma individual humana emana del alma universal unificada.  Averroes retoma la definición aristotélica de Metafísica, como ciencia del ser en cuanto ser. Y entiende por “ser” la sustancia que es, la cosa individual, y más aún lo que determina a la cosa real a ser lo que es. Todo ser, es sustancia o accidente de una sustancia. Averroes, no se plantea por separado el problema de la existencia y mucho menos la considera como un accidente, al modo de Avicena. Sostiene pues,  que tanto el intelecto agente como el pasivo son una sustancia separada, común a todos los hombres. No se puede basar la inmortalidad del hombre, en su condición de sustancia inteligible, porque no lo es. Ese argumento valdría para el intelecto, pero éste es común a todos los hombres y no pertenece al individuo; no es ni tan siquiera su forma sustancial. Todo lo que se mueve es movido por un motor. Y en la serie de motores que a su vez son movidos por otro no podemos remontarnos al infinito. Por tanto, podemos afirmar que hay un primer motor, un fin último deseado por todos los demás seres, que es Dios. De esta forma Averroes rechazó el concepto de la creación del mundo “en el tiempo”, pues mantenía que el mundo no tiene principio. Dios es el “primer motor”, la fuerza propulsora de todo movimiento, que transforma lo potencial en lo real.

La doctrina de Averroes sobre el entendimiento separado es tradicionalmente confusa; los escolásticos la entendieron como una afirmación de que el hombre no es personalmente inmortal. Esta afirmación, junto con la de la eternidad del mundo y la acusación de mantener la doctrina de la doble verdad, configuraron el denominado averroísmo latino, que ejerció una enorme influencia en la Escolástica Cristiana y en todos los comentarios aristotélicos de los Siglos XIII al XVII.

En concreto podemos decir que Averroes tuvo como eje de su filosofía, la diferenciación entre el conocimiento humano y el divino. Concepción que lo conduce a una doble situación en la historia de la filosofía: de un lado es la clausura del pensamiento filosófico del Islam; del otro, es la puerta de entrada para las ideas del pensamiento occidental: una filosofía independiente de todo postulado teológico, una ciencia estricta separada de todo a priori no científico.  

Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, mejor conocido como: Averroes,  fue uno de los más importantes filósofos hispanoárabes de su época. Vigorizó el pensamiento aristotélico en Occidente y su figura ocupa un lugar de honor en la historia del pensamiento medieval.

Es Cuanto.

Isauro Gutierrez

Salir de la versión móvil