Homenaje a la libertad

 Homenaje a la libertad

Cuauhtémoc López Sánchez

 

Llegaron las vacaciones. Tiempo de levantarse tarde, de no hacer tareas.

Tiempo de ocio, travesuras, aventuras, paseos, novedades.

La casa de los abuelos nos esperaba. Espaciosa, con huerto, árboles que escalar, frutas para cortar y saborear aunque estuvieran verdes.

Patio circulado de pilares trepados por espárragos, protegiendo un jardín sembrado de hortensias, azaleas, rosales, malvas y belenes. Cada pilar sostenía jaulas con canarios, gorriones, tzentzontles y periquitos australianos.

Metido entre las hortensias, me escondía de tal forma que nadie podía encontrarme y hubo ocasiones en que vencido por el sueño, despertaba con el bullicio familiar por la desaparición de uno de los pequeños.

Nuestros mejores amigos eran el perro, los insectos, los pajarillos y las flores del jardín. Entendíamos a los grillos, a las luciérnagas, a los caracoles, a los pájaros, al perro y a las flores.

Si el perro necesitaba salir a la calle, emitía un sonido diferente a cuando quería comer o jugar. Se comportaba distinto cuando se acercaba alguien extraño a si era una persona conocida. Aullaba al olfatear de cerca la muerte.

Una ocasión nos perdimos en el cerro cercano y el perro, el “Oso”, nos condujo sanos y salvos a casa, indicándonos el camino correcto.

Las hormigas nos avisaban cuando iba a llover. Aunque el cielo estuviera despejado. Si se avecinaba tormenta con granizo, el trajín en el hormiguero era impresionante.

Pero los pájaros, se pasaban de amigos previniéndonos cuando iba a temblar. Volaban asustados, estrellándose contra el alambrado de sus jaulas para avisarnos que un temblor ocurriría.

Platicábamos con todos los habitantes del jardín. Hasta con las flores.

Los más inquietos y curiosos eran los pajarillos. Preguntaban por qué no habitábamos la misma casa que ellos. Estaban adentro de una jaula y nosotros afuera porque éramos libres.

¿Qué es estar adentro? ¿Qué es afuera? ¿Qué es jaula? ¿Qué es ser libres?

Había otros pajarillos que acudían a los árboles del jardín a comer, a formar sus nidos y su canto era diferente al de los que estaban en las jaulas.

Así que un buen día, nos prometimos abrir las puertas de las jaulas y dejar en libertad a todas las avecillas.

Era importante que conocieran el significado de volar libremente, de recorrer el mundo lleno de oportunidades, de conocer otros lugares más bellos, de quedarse a vivir en el árbol que mejor les acomodara, formar una familia también libre. Y me dejaron solo en la acción libertaria. El único que se atrevió a franquearles las puertas a las asustadas aves. Solamente un día más permanecimos en la casa de los abuelos aquellas vacaciones. Fueron las vacaciones más cortas de mi vida.

Un día fue suficiente para recibir cualquier cantidad de reproches de todos los adultos y el sorprendido y mudo reclamo de hermanos y primos por aquel inesperado y brusco final vacacional.

La abuela enfermó. Y cómo no. Ese día, muchos pajarillos murieron. Desacostumbrados a volar libremente, chocaban con las ramas y se estrellaban en el piso o iban a dar a la pileta llena de agua. Otros, desorientados, asustados y adoloridos de volar, fueron a parar a casas de vecinos que los devolvían a los abuelos. Algunos regresaron tristes y avergonzados, por voluntad propia, a las mismas jaulas de donde habían salido.

Pero otros sí que volaron. Cantaron nuevas canciones de libertad. Silbaron melodías de alegría al recordar que alguna vez habían sido libres y se unieron a otras aves para migrar a espacios abiertos y a una nueva vida.

Los pajarillos me repitieron que los humanos son iguales a ellos. No lo podía creer. Existen humanos que no saben ser libres, nos dijeron.

Hay poblaciones de personas que abusan de su libertad, explicaban.

La abuela se conformó y se alivió. El abuelo, a escondidas, se carcajeó de mi inocencia pero me felicitó por aquella acción tan valerosa.

Pasó un largo año. Descansaron las conciencias. Un cumpleaños más. Todos más viejos. Algunos cambiaron a más tolerantes que sabios y otros obtuvieron más conocimientos que prudencia.

Vacaciones nuevas, en la vieja casa de los abuelos. Acuerdos adultos aplicados a la chiquillería ansiosa de vacaciones. Advertencias tajantes y amenazadoras para inhibir las ideas de libertad.

A la sombra de las hortensias, me acurruco para dejar en libertad los sueños.

Las aves presas liberan tristes cantos.

Y ocurre lo inesperado. Empiezan a llegar las avecillas liberadas hace un año. Vienen acompañadas. Regresaron al patio de la liberación.

Toda la familia sale al escuchar el concierto de decenas de pajarillos. Es una sinfonía a la libertad. Es un homenaje a los libertadores de pájaros.

Ahora, cada año, año tras año, en vacaciones, celebran su día de la independencia. Vienen en vacaciones, solamente en vacaciones, cuando llegan los niños que tomaron el riesgo de liberarlos.

Han pasado ya, muchos años. Los niños ahora son hombres, que llevan otros niños ansiosos por ser más libres. Los abuelos y algunos tíos fallecieron. Alcanzaron su libertad.

Ya no hay más jaulas con pajarillos.

Pero cada año, llegan más y más avecillas a cantar una rara melodía en homenaje a la libertad, en la cada vez más vieja casa de los abuelos.

Isauro Gutierrez

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